… Porque a partir del primer segundo de esos años, narraciones lejanísimas o inmediatas de ese pasado que ya fue al escribir esta palabra, no van a llegar en fila india. Llegarán más bien en la forma de vientos elípticos; o arreboles como los que todavía se dejan ver en mi ciudad natal; o tormentas urticantes como las de arena en playas del Tayrona; o ligeros como el vuelo de los pájaros que vuelan más alto que todos, esperando a que los de abajo aterricen en los árboles donde se amotinan para pasar la noche, en su lucha por atravesar la América, al frente de Rincón del Mar, en Sucre, en la llamada Isla de los Pájaros. Pero también habrá flores. Y retratos sobre los cuales hubo la intención de retener alguna lágrima”.

Este, como dice Laura García, es un “pellizco” de su libro, que acaba de lanzarse. Se llama ‘Sin verlo venir’ y allí cuenta quién es ella, cuáles son sus amores, de dónde viene, qué le ha dolido. Y también tiene un toque de humor, como se darán cuenta muchos lectores, porque a los amores de su vida, por ejemplo, no les pone nombre sino número.

Ya cada quien le pondrá Alberto, Jeremías, Fermín o como quiera y si quiere. “No hay un enjuiciamiento. Un divertimento, más bien”, dice García.

Famosa, entre otras cosas, por protagonizar Diatriba de amor contra un hombre sentado, el genial monólogo de García Márquez, Laura nació en Bogotá el 15 de agosto de 1953. Ha hecho más teatro que cine y televisión. Y más cine que televisión. Su más reciente participación en las tablas ha sido en El coronel no tiene quien le escriba, el montaje que dirige Jorge Alí Triana, también de García Márquez, de quien también ha hecho ‘La casa’ y ‘La cándida Eréndira y su abuela desalmada’.

Además de actriz, es directora, productora, locutora y presentadora. Estudió en Gran Bretaña y estuvo en el Teatro Popular de Bogotá, el Teatro Libre y en el grupo La Pandonga.

Nos habló de su libro, su vida y su carrera.

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Hay un gran mundo recorrido en el libro. ¿Cuáles son su lugares del mundo más importantes y por qué?

Donde nací y crecí, porque las raíces son las que le dan a uno el aliento y el impulso original. En ese sentido, me remitiría a Bogotá y a Santa Marta.

La sabana de Bogotá me enseñó que no hay que estar en Irlanda para conocer el verde espeso, el verde liviano, los otrora cangrejos en los ríos, los campos de cebada o de maíz.

La tierra caliente cerca de Bogotá, donde pasé una parte de la pandemia en 2020, me mostró montañas esbozadas en azul, detrás de la neblina del sopor.

Santa Marta, el son en la cadera, las razas de mezclas infinitas, el leitmotiv del océano, la música del órgano de mi abuela, el dulce de tamarindo y mango detrás de la voz de Conchita Goenaga, su hacedora. Los tesoros ocultos de mi abuelo, recogidos en sus viajes trasatlánticos, y los baños en el río Bonda, cerca de la Sierra Nevada.

¿Por qué decide escribir este libro?

He estado cerca de las letras, de una u otra manera, toda la vida. Los cuentos dichos en voz alta formaron parte de mi infancia. Las lecturas prohibidas y las estándares, y el intento vano de escribir poesía en mi adolescencia. La gran literatura después, leída y a través del hacer en el teatro. Quise investigar el impulso de conocerme mejor si ponía en tinta mi vida, que ha sido azarosa, vibrante en amores y desamores, en pérdidas tempranas, en disciplina corporal e intelectual, en viajes, en descubrimientos sobre la conducta humana, la religión, la política, el arte en general.

La palabra envuelve un misterio propio. A veces una palabra sola suena con buen timbre. Pero si se le acomoda un adjetivo, puede resultar redundante o exultante. El lenguaje me fascina, me desvela. Es uno de los más altos logros de la humanidad.

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Libro de Laura García

Carátula del libro de Laura García.

¿Cuántos momentos buscó para crear el libro y contarnos su mundo?

Sabía que quería hablar de la maternidad, de la familia, del amor, del arte, de la infancia en carrera hacia la senectud, del país, de la adolescencia y sus asomos a la vida con la dureza que eso trae. Indudablemente del deseo manifiesto de modo singular con cada hombre. Porque cada amante crea un mundo que le es propio, irrepetible. No importa la duración de esa relación amatoria. Es la intensidad, la transformación que llega a sufrir con el tiempo, las expectativas, no siempre cumplidas, las decepciones, los hallazgos del placer en una y otra vía. Y, por supuesto, devanear sobre mi profesión de actriz en el teatro, el cine y la televisión.

A través de este trabajo hay una gran muestra de todo lo que usted ha hecho en teatro, que es un regalo. ¿Qué ha sanado usted a través del teatro, de ser otras en un escenario?

Si yo no me hubiera entregado al arte como lo hice desde hace más de 40 años, probablemente hubiera seguido caminos equivocados como el de las drogas, el aburrimiento, el egoísmo, la individualidad, el dinero amasado en demasía. Habría andado por el mundo sin alimento para mi interioridad, sin sentir la necesidad de servir a mi comunidad, a mi país. El arte me abrochó las heridas que traía y las transformó en crisálidas de piel, que solo conocen mis amantes.

‘Diatriba de amor contra un hombre sentado’ sin usted no hubiera sido el éxito que fue. ¿Qué tantos demonios se saca cada vez que la representa?

En la época que la hice, de 1994 a 1997, estaba en una relación ya sólida, pero en vísperas, a mediano plazo, de resquebrajarse. Así que me salía muy natural eso de cantaletear al marido sin parar durante una hora y media. Y al final decirle que, de todos modos, a pesar de lo cabrón que era, lo amaba. Yo soy distinta a la de la Diatriba. Yo, si resulta un cabrón, lo dejo.

El arte me abrochó las heridas que traía y las transformó en crisálidas de piel, que solo conocen mis amantes

Volvamos al libro, usted es la mezcla de muchas razas y lugares. Cuénteme qué tiene de cada uno de ellos

Tengo la disciplina de un colegio helvético, la infancia feliz en la costa Caribe, el deseo y la curiosidad de lo ignoto que heredé de algún antepasado, la persistencia de mis ancestros judíos, recientemente hallados, la terquedad del Marulanda que es vasco, el guerreo de mi sangre antioqueña, lo mesurado del ser del interior del país. ¡Qué sé yo qué más!

¿Cuál es su antepasado principal?

Mi abuela paterna Abigaíl Infante de García, que era samaria y era una artista potencial, no profesional. Me dio las claves para entrar en el universo al que pertenezco: la música, la danza, la actuación, la cultura en general. También mi madre, que organizaba tertulias literarias en su casa y a través de la cual conocí tempranamente las heroínas de la literatura clásica como Clitemnestra, Lady Macbeth, Blanche du Bois, Rebecca, Madame Bovary. Y mi nana Raquel, sin la cual no hubiera sabido que de las caricias, la ternura y la armonía no podía abdicar, por lo imprescindibles que son en cualquier personalidad. Mi padre y mi abuelo paterno me regalaron momentos de amor, pero también lo desconcertante del abandono a temprana edad.

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¿Por qué nombra a novios con número? Uno puede sentir sus cualidades y defectos, la cheveridad y la displicencia, y les puede poner cualquier nombre.

Eso es solo un ejercicio práctico. De asociación, también. Les puse un ‘seudónimo’ a cada uno porque quise jugar al juego automático de qué se me venía a la cabeza en el momento que pensaba en cada uno de ellos, y no maniobrar la escritura a través de una racionalización de lo que representaban.

Además, hay muchos hechos históricos de esta violencia nuestra en el libro, de un país que no arranca, que debe, que sigue dolido. ¿Qué es lo que más le duele de Colombia?

El desperdicio de quienes se van tempranamente, porque mueren por mano ajena o porque emigran en busca de mejores oportunidades. La paz que no parece cuajar y nos impide la evolución tecnológica, agrícola, económica, educativa, espiritual. Las brechas en lo material. El hambre, el desplazamiento forzoso. La deforestación de las selvas, el veneno que pulula en nuestros ríos, lagunas y mares. La fauna que se acaba por mano humana. La tierra que permanece improductiva, mientras importamos hasta fríjoles y papa. El campo, descuidado. El hacinamiento en las ciudades. La falta de infraestructura en casi todos los campos. ¿Sigo?

Y de la cultura, ¿qué es lo que más le duele?

Que sea tan solo un porcentaje ínfimo del presupuesto nacional. Lo que hace un pueblo, lo que lo une y fortifica es su cultura. ¿Qué hubiera pasado en la pandemia de no tener cómo aislarnos con los libros, las películas, la música, con el hacer de los artistas?

Yo pienso en la India y se me vienen a la cabeza el Mahabharata y el Ramayana. En Chile y me llega Pablo Neruda, Manuela Infante. En EE. UU. y me llegan Susan Sontag, Joan Didion, David Lynch, Walt Whitman y el jazz. En Colombia y me llegan Gabo, Totó la Momposina, Laura Restrepo, Alejandro Obregón, Doris Salcedo. En Argentina y me llega el tango, Ricardo Darín. España: Goya, Picasso, Cervantes. Y así sucesivamente.

¿Cómo es su relación con sus nietos?

Tengo dos en Europa que no veo nunca. Y uno en Colombia que es mi traga total. Es un alma como un pan de bueno. Simpático, avispado, blandito, de lo tierno, juguetón, honrado. Tiene cinco años y se llama Juan Antonio, casi como su padre, que se llama José Antonio. Quiero dejarle un país mejorado y un mundo aún más mejorado. Llámeme idealista. Lo soy.

OLGA LUCÍA MARTÍNEZ ANTE
CULTURA
EL TIEMPO

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