A bordo de un avión, un veterano astrónomo está a punto de ver el cometa más famoso de la historia. Corre el año de 1986, y no es necesario ser astrónomo para estar familiarizado con el cuerpo celeste en cuestión, el cometa Halley, al que Jan Hendrik Oort iba persiguiendo por los aires.

​Para ese momento, Oort era una de las figuras más emblemáticas de la astronomía del siglo XX, y llevaba algunos años retirado de la dirección del Observatorio de Leiden, en la Holanda meridional. Por su parte, el cometa Halley era el astro más mediático del momento.

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Pocos fenómenos celestes han promovido tanto la venta de binoculares y telescopios, al igual que la afición por la astronomía de pequeños y grandes, como las ganas de verle la cabellera al Halley en su regreso de 1986, después de una larga espera desde la última vez que nos había visitado, en 1910.

SANTIAGO VARGAS DOMÍNGUEZ

Santiago Vargas Domínguez, Ph. D en Astrofísica. Observatorio Astronómico Nacional.

El cometa Halley es el que más portadas ha protagonizado por una sencilla razón: es el único cometa que un ser humano puede con certeza esperar ver al menos una vez en su vida, teniendo en cuenta, claro está, la esperanza de vida media.

Hay cosas que solo ocurren una vez en la vida, pero para Oort era la segunda vez que veía al Halley, y no es difícil imaginar los recuerdos que vinieron a su mente cuando, con escasos 10 años, fue a verlo con su padre desde la costa de Noordwijk, a pocos kilómetros de su casa.

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Lo que diferenciaba a Oort de los millones de observadores del Halley era que sus estudios de cometas le habían permitido plantear hipótesis revolucionarias sobre lo que sucedía en los límites de nuestro vecindario solar. Oort había propuesto, décadas atrás, que la mayoría de cometas provenían de una región en el borde del sistema solar, un depósito con billones de objetos atraídos débilmente por el Sol, que se mantenían en una gran estructura esférica pero de manera inestable, es decir que una pequeña perturbación podía sacarlos de su lugar y lanzarlos a las regiones internas del sistema solar.

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El astrónomo Ernst Öpik había postulado también que los cometas de largo periodo se originaban en una nube en los confines del sistema solar. De estos dos personajes proviene la idea de la nube de Öpik-Oort, como ahora se conoce a esta región que se extiende hasta unas 50.000 veces la distancia entre la Tierra y el Sol.

El Halley es un caso especial, porque se habría formado en la nube de Öpik-Oort, pero fue atrapado por la gravedad de varios planetas, principalmente Venus, que lo desviaron a una órbita cercana alrededor del Sol, con un periodo de unos 76 años. Al estar compuesto principalmente de hielo, la vida del Halley, y de los cometas en general, parte de nacer en las tinieblas a morir con el calor abrasador del Sol, tras perder poco a poco su material, lo que genera, además, su vistosa cola. Antes de su ocaso, pasará una y otra vez para que, por ejemplo, los que esperamos hacerlo por segunda vez en el 2061 podamos admirarlo en todo su esplendor.

​SANTIAGO VARGAS
Ph. D. en Astrofísica
Observatorio Astronómico de la Universidad Nacional

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