Historias del Cosmos: Un cangrejo en el cielo – Ciencia – Vida



Un nuevo visitante celeste sorprendía a los habitantes de varias regiones del planeta el 5 de julio del año 1054. El destello luminoso no pasó inadvertido, especialmente para los astrónomos de Asia oriental, reconocidos por tener gran experiencia indagando sobre cada pedazo de cielo. Nunca antes habían observado una luz brillante que le hiciera compañía al Sol durante el día, por un total de 23 días, ni que durante los dos años siguientes su brillo persistiera y fuera perceptible en las noches despejadas.

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La sorpresa no fue menor, y los registros de China y Japón reconocen el fenómeno como producto de una estrella ‘invitada’, estableciéndose como el tercer objeto más brillante en el cielo, después del Sol y la Luna.

Tuvo que pasar casi un milenio para poder encontrar las pistas sobre lo que produjo el singular fenómeno, que hoy se atribuye a una explosión de supernova, la muerte violenta de una estrella en nuestra propia galaxia.

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Si ahora apuntamos nuestra mirada a través de un telescopio a esa región del cielo, que se encuentra a unos 6.500 años luz de la Tierra, nos encontraremos con una curiosa figura en forma de cangrejo. En realidad lo que vemos es una nube de gases y escombros que se expande en el espacio a 1.500 kilómetros por segundo, producto de la explosión de una estrella de unas 10 veces la masa de nuestro Sol. Son las vívidas cenizas de una muerte estelar.

Uno de los primeros registros de la observación de la llamada nebulosa del Cangrejo se debe al célebre cazador de cometas francés Charles Messier, en 1758, y se convirtió en el primer objeto de su catálogo, el M1. La intención de Messier al observar la difusa luz de M1, y de los demás objetos que catalogó, era que no se confundieran con cometas, los cuales despertaban su principal interés y se obstinó en ir a su caza. Sin embargo, la asignación del curioso nombre de Cangrejo vino años después, cuando en 1844 el astrónomo irlandés William Parsons lo usó para describir el llamativo objeto.

Lo que no sabía Parsons, y muchos de los que se deleitaron viendo el cangrejo durante décadas en la constelación de Tauro, es que en su centro habita un cuerpo del tamaño de una ciudad que gira 30 veces cada segundo y emite pulsos de radiación, rayos X y ondas de radio, lo que se denomina un púlsar.

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Seguimos tratando de entender todos los pormenores de este sistema, del cual nuestros ancestros fueron testigos de su explosión, y ahora nosotros de sus cambios. Pero también gracias a él hemos estudiado objetos de nuestro vecindario cósmico. Las ondas de radio provenientes de la nebulosa del Cangrejo sirvieron para estudiar el Sol, después de que atraviesan la corona solar, y de manera similar la atmósfera de cuerpos como Titán, analizando la forma como esta radiación es bloqueada por la atmósfera de la gigantesca luna de Saturno. El cangrejo seguirá despertando interés en los futuros observadores del cielo.

SANTIAGO VARGAS
Para EL TIEMPO
Ph. D. en Astrofísica
Observatorio Astronómico de la Universidad Nacional

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