David Manzur: exposición de su obra en Medellín – Arte y Teatro – Cultura


“Reza, reza, porque están muriendo varios compañeros nuestros”. David Manzur tenía 6 años; había visto los bombardeos de las fuerzas de Franco y el momento exacto en el que un barco se hacía pedazos. Los sacerdotes de su internado en las Islas Canarias le decían que la Pasionaria era una mujer tan mala que usaba un collar con los ojos de los curas muertos.

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La guerra civil española se desataba con toda su furia y él era un niño solitario en un convento. Se hizo falangista y usó camisa negra —que seguramente le quedaba colgando— para recibir un huevo semanal y no tener que aguantar hambre; porque su vida se resumía en dos palabras: hambre y soledad.

“Mis papás no me recogían los fines de semana y me quedaba solo en los largos corredores del internado. Y por supuesto ni siquiera sabía qué significaba ser falangista”.

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Manzur no se deja amilanar por los recuerdos; tampoco reniega, solo tiene claro que necesita otros 20 años para acomodar el rompecabezas de su vida. Veinte años más para resolver lo que apenas ahora empieza a entender en los vericuetos y los laberintos de su memoria.

Y 20 años, en su caso, no parecen imposibles. Manzur, literalmente, es un caso clínico, “hace poco me hicieron unos exámenes neurológicos para tratar de entender mi cerebro”, dice con una sonrisa afilada.

“En teoría, no podría hacer esto ¡ni esto!”. Y lo que hace es mágico: traza en el aire dos líneas rectas, una vertical y otra horizontal, con la lentitud de Durero solo para que se note su perfección. Manzur tiene 94 años y los temblores de la vejez no lo han tocado, “bueno… camino un poco mal, pero es porque vivo en Barichara y las calles son de piedra y están torcidas”.

Exposición de David Manzur en Medellín

Homenaje al compositor Luis Antonio Escobar, 1998.

Foto:

Galería Duque Arango

Su exposición en la Galería Duque Arango de Medellín (carrera 37 n.º 10A-34) es una excusa perfecta para hablar con él y recorrer esos corredores eternos de su internado en las islas Canarias y descubrir el origen de la oscuridad en sus pinturas.

Su papá, por trabajo, se lo llevó de niño con su familia a Guinea Ecuatorial, que en ese momento todavía era colonia española; más tarde lo enviaron al internado en las Canarias y su mundo se volvió el de los susurros, “todos los curas hablaban bajito; no decían Stalin, sino rojos”.

Se sintió abandonado; creció lejos de sus hermanos y sus cuentos infantiles eran los martirios de las historias de los santos y las amenazas de penitencias que decían que era preferible cortarse la mano que pecar. La pregunta que más lo atormentaba era: “¿quién es tu mamá?”.

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Porque nunca lo visitaban. El internado tenía otra sede en Sevilla y, en esa soledad y esa oscuridad propia de los claustros, vio en las paredes las soberbias pinturas de Zurbarán, Velázquez, Ribera y Murillo; cuatro artistas geniales, pero igualmente oscuros, y en algunos casos, tenebrosos. “Nunca he dejado el claroscuro”, dice Manzur, “y en esos años también entendí la belleza de lo feo y la destrucción”. Y señala las ruinas de su serie las Ciudades oxidadas, donde sus personajes de leyenda, montados en caballos blancos, recorren un mundo en ruinas.

Optimista

Manzur habla de la oscuridad, pero no es una persona oscura ni pesimista, todo lo contrario: sus risotadas siempre iluminan su rostro. El nombramiento de Patricia Ariza como ministra de Cultura lo ilusiona, en un par de minutos hace un resumen juicioso de los últimos años del país —incluso recuerda sus días como mediador en el Caguán—, hablamos del Guernica de Picasso, de Marcel Duchamp, del cubano Wilfredo Lam y de Francis Bacon, y me muestra imágenes en su iPhone de una obra monumental en la que está trabajando en su taller. Manzur sube y baja los andamios desde las seis de la mañana con la energía de un inmortal.

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“Una vez, en Nueva York, Fernando Botero me dijo que no pintáramos como esos tipos; que los latinoamericanos éramos distintos”.

El regreso a Colombia, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, fue su entrada al mundo del arte; primero llegó a Armenia, donde lo recibió un tío cura, luego fue a Bogotá y entró a la Escuela de Bellas Artes. Tenía 19 años. Fue alumno de Gómez Jaramillo. Trabajó en publicidad y fue actor de teatro bajo la dirección de Santiago García, “¡soy tan viejo que también creo que conocí a Bolívar!”.

Pudo haber sido un gran actor, pero el llamado del arte era más fuerte, “me empecé a sentir importante. Yo había sido un niño rechazado; siempre sentí que era un estorbo; mi galerista me dijo que no podía ser actor y artista al mismo tiempo”. Y Nueva York lo esperaba con los brazos abiertos.

Fue amigo de Willem de Kooning —uno de los monstruos del expresionismo abstracto— y no se cansó de tomar whisky a su lado, “todo estaba bien mientras tuviera el vaso lleno; De Kooning tenía una novia colombiana y pasamos muchas noches juntos”. Fue asistente del escultor constructivista ruso Naun Gabo durante cinco años y de esa época nacieron obras que no son demasiado conocidas. Nuevamente Manzur me acerca su celular y me enseña una gigantesca escultura abstracta de hilos de acero que está en el Club de Empleados Oficiales de Bogotá. “Una vez, en Nueva York, Fernando Botero me dijo que no pintáramos como esos tipos; que los latinoamericanos éramos distintos”.

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Exposición de David Manzur en Medellín

De la serie ‘Ciudades oxidadas’.

Foto:

Cortesía Galería Duque Arango

En Nueva York también descubrió su pasión por las cámaras y el cine y su única conversación con Warhol fue gracias a una cámara en la entrada de un bar, “¡Grau salió corriendo detrás de él! ¡Ja, ja, ja! Warhol era un tipo muy raro; tenía unas manos chiquitas y frías”. Manzur ganó dos becas Guggenheim; en algún momento quiso decantarse por la ciencia y estudió en el Instituto de Astronomía de Chicago, “pero me derrotó la alta trigonometría y la cuántica”, dice con una resignada humildad. En Colombia hizo varias películas experimentales y sus actores eran los artistas plásticos que pasaban por su taller.

—Vamos a ver la exposición —dice.

Hay obras de distintas épocas; sus laúdes con partituras escritas solo para las pinturas; sus Ciudades oxidadas; sus toros bravos con la cabeza gacha, sin banderillas ni sangre, “odio que maltraten a los animales”; una serie de personajes femeninos abstractos que tienen en sus manos abanicos y copas hiperrealistas. Y, finalmente —en el segundo piso de la galería—, hay un cuadro que domina todo: El muchacho en bicicleta. Manzur es un hombre feliz. Y su soledad es solo el pasado.

www.galeriaduquearango.com

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FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI
EDITOR DE CULTURA@LaFeriaDelArte





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