Juanes: así ha sido su vida a lo largo de 50 años – Música y Libros – Cultura


La vida de Juanes parece sacada de una cinta cinematográfica, una vida de película dirigida por Danny Boyle, Hitchcock, Spielberg, Iñárritu, Scorsese, Tarantino o Cuarón. Una película con actores principales, secundarios, con locación propia, extras, luces, sueños, sacrificio, caídas, lágrimas, esfuerzo, triunfos y una estrella luminosa que lo cuida desde lo más alto de la Vía Láctea. Esa vida está ambientada con el sonido de una guitarra, no importa de qué marca, si es eléctrica o acústica, si tiene distorsión o efectos envolventes, lo que importa es que esté cerca de él con las cuerdas bien afinadas.

US Remote Software Jobs

La banda sonora tiene rock, por supuesto, pero también guasca, música carrilera, vallenato, tango, bolero, y esa infinidad de canciones que siempre escuchó desde que era un niño obeso hasta su adolescencia y adultez al lado de sus amigos y su agrupación Ekhymosis.

Pero esa escena emotiva y cargada de sueños debía mutar, tener otro clímax, recibir un claquetazo contundente para que la emoción de todos los asistentes a esa sala de cine viviera otra tensión, otra fuerza que los hiciera aferrarse a las sillas y soltar las palomitas de maíz.

(Lea además: Se fue Olivia Newton- John, la mujer que puso a bailar a medio planeta)

Ahora muchas de las canciones que había cantado, muchas de las guitarras que había tocado y de las calles que lo acompañaron a cumplir sus sueños de héroe sin capa lo dejaban, y dejaba su universidad empezada, a sus amores de Medellín, a sus amigos y a su familia, para emprender un nuevo reto, un reto que ni él tenía claro. Se marchaba de la ciudad buscando algo que no se le había perdido, pero que seguro le daría respuestas para su nueva ruta.

Llegó a la ciudad de Bogotá dispuesto para salir del país en un vuelo Bogotá-Miami, en la aerolínea American Airlines. Antes de abordar se tomó un whisky para los nervios. Revisaba cada 3,5 minutos el bolsillo de su chaqueta para cerciorarse de tener aún los dólares, y se aferraba al estuche de su guitarra para no perderla nunca.

Antes de subir al avión, Juan Esteban, el niño consentido de la casa, el menor de todos que ahora partía de la comodidad para luchar por lo imposible, llamó a su mamá para despedirse. “Bendición, mamá”. “Que mi Dios me lo bendiga y me lo traiga con bien”, respondió Alicia haciéndole la señal de la cruz frente a la bocina del teléfono.

Al abordar el avión que lo llevaría a Miami, y a ese primer encuentro con el país que lo vería crecer como artista, de primerazo, en las primeras sillas, se encontró con la emblemática agrupación de rock colombiana Aterciopelados; Andrea Echeverri Arias y Héctor Vicente Buitrago estaban sentados, con sus estrafalarias pintas, preparados para dirigirse a la gala de los Latin Grammy.

–Muchachos, qué alegría verlos, ¿cómo están? ¿Pa’ dónde van?

–Juanes, parce, vamos ya a recibir el Grammy que nos ganamos, muy felices.

–Uy, chicos, qué cool, qué felicidad y qué orgullo, de verdad.
Que les vaya muy bien, parceros.

Por dentro, Juanes, además de la felicidad de ver a sus amigos cumpliendo sueños, en un espacio utópico para muchos músicos de toda Latinoamérica, estaba asustado, muy asustado; pensaba en su interior. ¿Si ellos van para allá, con algo fijo, yo para dónde voy? ¿Qué voy a hacer? Esta es una locura tremenda.

(Le puede interesar: 10 años sin Jairo Varela: una mirada a su vida y legado musical)

–Y sumercé, ¿también va para la gala? –le preguntó Andrea Echeverri.

–No, muchachos, yo voy para varios lados, voy a buscar un contrato discográfico a ver cómo evoluciona todo.

El resto del vuelo fue de pensamientos dispersos visualizando en las nubes, y en el corredor de un frío avión, un futuro que no tenía ni pies ni cabeza. Se llenó de miedo, pero la fuerza de su guitarra y sus canciones le dio la tranquilidad necesaria para bajar del avión y enfrentar ese nuevo momento en su vida.

Juanes

Biografía del cantante, de editorial Aguilar.

Al llegar a Miami, el viento vaporoso le pegó en la cara, su valentía se transformaba en fuerza, que iba de su cabeza al cuello, a los brazos, pasando por ese flujo hirviendo de su sangre por las venas, que se atrevían a tomar con dureza cada mano, cada dedo, que agarraban el estuche duro de su guitarra, su único anclaje a la vida, su único salvavidas en medio de esa oleada de incertidumbres.

Al llegar a la ciudad, Memo Arias, el mismo viejo amigo que tiempo atrás había recibido a Ekhymosis, le permitió quedar- se una semana en su casa, ubicada en la 78 y 80 en el Gran Canal Drive, en el Palmetto, cerca de la calle 8 y la calle Flagler en Miami. Su estancia serviría para empezar a organizar sus planes, buscar oportunidades, oídos atentos y corazones dispuestos para sus canciones y su obra artística.

Memo vivía con dos amigos, y como no había habitaciones disponibles, Juanes dormía sobre un tapete, en el piso. Cuando Memo se iba a trabajar a su oficina de diseño lo invitaba a ir con él, pero Juanes prefería irse trotando para gastarse todos los minutos y las horas y poder pensar en soluciones para su vida.

(Además: Las canciones que convirtieron en ícono a Olivia Newton-John)

Al llegar a la oficina de su amigo, cansado y sudado, Memo lo invitaba a almorzar y luego se quedaba usando el internet de la oficina, trabajando, y a pesar de tener una luz gracias a Fonovisa, él seguía escribiendo a diferentes discográficas, entre ellas a WEA Latina, quienes tenían a Maná entre sus artistas y habían mostrado en algún momento interés por Juanes.

Cuando Juanes no iba a la oficina de Memo, se quedaba solo en esa casa, sin saber qué hacer, sin conocer a nadie. Se levantaba del tapete que tenía como cama, miraba por la ventana, no veía a nadie caminando cerca, tomaba la guitarra, la tocaba 20, 30 minutos, una hora. Salía a la calle, trotaba 45 minutos sin descanso en medio del calor sofocante, regresaba, una ducha, se preparaba una lata de atún, tomaba tres vasos de agua, uno seguido del otro, y a las seis de la tarde se abría la puerta y era de nuevo Memo luego de su jornada laboral.

–Ey, Juanes, ¿vamos por un drink?

Y salían, iban a un bar, se tomaban un par de cervezas y regresaban para dormir y empezar la misma rutina diariamente. Los días eran iguales, solo aumentaba la ansiedad y cambiaba la fecha en el calendario.

Juanes no hacía nada más que eso. Sus únicos contactos en Estados Unidos eran su amigo Memo Arias y Marusa Reyes, la mánager de Caifanes que descubrió a Ekhymosis en aquel con- cierto en Bogotá, la responsable de que él hubiera dado el salto y ahora estuviera en ese país solo esperando su llamada, sus indicaciones para empezar a trabajar.

(Además: ‘La fusión es el camino para mantener vivo el jazz’: pianista Jesús Molina)

La estancia en casa de Memo se alargó más de una semana. Allí Juanes tuvo tiempo de componer, de escribir textos e incluso de pensar en sus posibles nombres artísticos, uno de los que sonaba con fuerza era “Juan Escarlata”.

–No, Juan, qué es ese nombre tan malo.

–En serio, Memo, ¿te parece?

Juanes Grammy Latino

Juanes posa al lado de las cinco estatuillas que se llevó en el 2003.

Foto:

Prensa Juanes. Archivo

La búsqueda, sin lugar a dudas, continuaría.

A los dos meses, con el desespero de noche y de día, con los sueños trastocados y la utopía a cientos de kilómetros de su pecho, decidió irse, Miami no le ofrecía lo que buscaba. Ahora Nueva York sería el lugar para ubicar un norte, para tomar el timón de su carrera musical y rebuscarse un nuevo futuro en un territorio donde nadie sabía quién era.

Un viejo conocido, Iván Benavides, el productor e investigador sonoro responsable de La tierra del olvido, de Carlos Vives, un etnógrafo musical, un investigador sonoro, un enamorado del folclor que sabe muy bien cómo funciona la geografía musical de este territorio rico en ritmos, armonías, melodías, historias y poca memoria, y que en ese momento trabajaba en su proyecto musical Bloque de Búsqueda, le ofreció su apartamento en la Gran Manzana por un mes, y ahí estuvo.

(Lea además: Ritchie Valens: el trágico final del cantante de la icónica canción ‘La Bamba’)

Estaba feliz en esa ciudad sin sueño, con ese frenético ritmo, con esa diversidad cultural asustadora y con música en cada rincón. Pero la soledad se lo tragó, de pies a cabeza. Sin dinero, salía a caminar durante todo el día, no hacía nada más que eso. Mirar la gente pasar, entender los sueños de los demás desde sus ojos, desde sus pisadas apresuradas. Estuvo solo, comiendo mal, y esperando a que Marusa Reyes apareciera con la noticia que le cambiaría la vida. Nueva York tampoco fue la ciudad que lo descubrió sonriendo y con la vida enrutándose, pero sí fue la ciudad en la que recibió la llamada de Marusa.

“Juanes, ¿cómo estás?”.

Y aun sin que él respondiera, le propuso que tomara un vuelo de inmediato a Los Ángeles, ya que podría resultar algo importante para su música allá. Por supuesto, Juanes no tenía nada que perder, así que dejó el apartamento de Benavides en orden, organizó la maleta y tomó un vuelo hacia L. A.

Al aterrizar y comunicarse de nuevo con Marusa, ella, en medio de un desespero incontrolable, le dijo que mejor hablaban luego, que su esposo había tenido un accidente que por poco lo mata.

–No puedo pensar, no puedo pensar, no puedo pensar. Sorry Juanes, sorry.

Colgó la llamada y el mundo, de nuevo, se le vino encima.

No sabía inglés, no tenía conocidos en esa ciudad, tenía una maleta, una guitarra y solo un fajo de dólares para subsistir en una ciudad costosa, alejado de su familia y sus sueños, y que día tras día parecían escaparse entre suspiros, dolores interminables de cabeza, vacíos estomacales y soledad. “¿Qué hago? ¿Qué me quiere decir la vida? ¡Hijueputa!”, pensó Juanes mientras caminaba de un lado a otro en medio de ese gigantesco y frío aeropuerto. Su única opción era llamar a Mónica Escobar, una vieja amiga periodista que había conocido en Bogotá en la época de Ekhymosis y que se había involucrado en el mundo de la música.

Ella, muy amable, se ofreció a recogerlo y recibirlo por unos días en su casa. Llegó al aeropuerto en su carro Honda Civic azul claro, de dos puertas, un carro con historia, pues el dueño anterior era el escritor de Los años maravillosos, el recordado Neal Marlens. Mónica vivía en una vecindad con apartaestudios muy pequeños. La dueña de la vecindad era una señora de edad procedente de Grecia. Hablaba muy pausado, tenía un temperamento fuerte, el pelo tinturado de rojo, siempre usaba gafas de marco redondo, muy baja de estatura, bien maquillada en todo lugar, y olía siempre a fina colonia. Ella era Ms. Mc Clayn, siempre estaba acompañada de su esposo, a quien se lo veía a diario relajado en una gran mecedora frente al televisor.

Mónica habitaba uno de sus apartaestudios, un cubo de baldosas grandes, con una ventana que daba hacia adentro de la vecindad, un baño, una pequeña cocineta, una cama sencilla y un futón donde dormiría Juan, separados por un biombo para que los dos tuvieran privacidad.

Compartieron en una complicidad de amigos necesaria para la paz mental de Juanes. Fueron a la lavandería, alistaron su ropa, cosieron juntos una media averiada y les pusieron un botón a unos jeans.

(Le puede interesar: Chavela Vargas, diez años sin su pasión por la música y por México)

La situación compleja de esta estadía era que la señorita Mc Clayn no le permitía a Mónica tener a nadie en el apartamento, era una de las normas de convivencia de la vecindad. “No, señorita, no y no se queda este muchacho solo acá… si va a estar tiene que ser cuando usted esté en la casa”.

Así que la solución a esa medida restrictiva era que cuando Mónica se fuera a trabajar, Juanes tenía que salir del apartamento e irse a la calle a buscar algo para hacer mientras ella regresaba del trabajo. El problema complejo era salir a las calles de Los Ángeles sin hablar inglés y sin dinero. Los 3.000 dólares con los que salió Juanes de Medellín ya no eran 3.000, el paquete de ahorros ahora era una pequeña suma de dinero que cada día disminuía.

DIEGO LONDOÑO
*CORTESÍA EDITORIAL PENGUIN RANDOM HOUSE

También puede leer:

– Patricia Ariza: ‘En Colombia ni siquiera los más viejos conocemos la paz’.

– Sergio Moya: ‘La celosa es Juanita, la dueña de la casa’.

– Se fue Olivia Newton- John, la mujer que puso a bailar a medio planeta.

-Eva Perón: proyectan un corto publicitario inédito que protagonizó.



Source link

Leave a Reply

Your email address will not be published.