‘Las chicas del radio’, mujeres que brillaban en la oscuridad por radiación – Gente – Cultura



Aunque brillar en la oscuridad parezca un superpoder, el caso de ‘Las chicas del radio’ estaba lejos de ser así. Estas mujeres trabajaban en una prestigiosa fábrica estadounidense de relojes, y aunque parecía ser el empleo de sus sueños, en realidad estaban arriesgando su vida sin saberlo.

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Durante la época de la Primera Guerra Mundial, la fábrica United States Radium Corporation (USRC) -ubicada en Nueva Jersey, Estados Unidos- contrató a miles de mujeres para realizar una tarea sencilla y muy bien remunerada: pintar las agujas y los números de cientos de relojes civiles y militares.

En un principio, las jóvenes que laboraban en esta fábrica estaban muy contentas, ya que su oficio era sencillo y su salario era el triple de lo que otros empleadores podían ofrecerles. Sin embargo, debido a las herramientas que utilizaban todos los días, empezaron a tener afectaciones muy graves y extrañas en sus cuerpos.

Para que se pudieran ver y utilizar en la oscuridad, los relojes debían ser pintados con una pintura verde fluorescente, lo cual los hizo una herramienta muy útil para los militares cuando inició la Primera Guerra Mundial y su demanda se incrementó significativamente.

La pintura empleada para realizar este trabajo estaba compuesta de radio, un elemento químico que fue utilizado con fines medicinales por mucho tiempo, ya que se creía que tenía propiedades curativas. No obstante, el radio era todo lo contrario a una medicina y, en realidad, estaba envenenando a las trabajadoras lentamente.

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Después de un tiempo, las empleadas de la fábrica empezaron a perder los dientes uno a uno, presentaban debilidad y dolores óseos insoportables. Luego, aparecían tumores gigantes en varias partes de su cuerpo y, por último, fallecían.

Las mujeres, al desconocer los efectos que tenía esta sustancia, lamían la punta de los pinceles para afinarla y hacer más delgados los trazos. De esta forma estaban ingiriendo poco a poco el veneno que las llevaba a la muerte.

Muchas de ellas enjuiciaron a sus empleadores, debido a que, a pesar de que sabían los daños que esta pintura podría causarles, nunca les brindaron la protección necesaria ni les advirtieron al respecto.

Su lucha no fue en vano, pues gracias a ellas se sentaron importantes precedentes y normas de seguridad en el trabajo que siguen vigentes hasta el día de hoy y que, por ley, miles de compañías aplican en sus reglamentos.

El prestigio que tenía el radio en aquella época

Según cuenta la periodista Kate Moore en su libro ‘The Radium Girls’, las trabajadoras de la USRC empezaron a tener un detalle singular, ya que debido al radio que usaban todos los días eran distinguidas por brillar en la oscuridad.

Algunas chicas usaban vestidos de noche para ir a su trabajo para que luego brillaran en sus citas. Una de ellas hasta se pintó los dientes para impresionar a su hombre”, aseguró Moore. Y fue por esta razón que recibieron el apodo de ‘Las chicas fantasma’ y ‘Las chicas del radio’.

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El radio fue descubierto por la científica Marie Curie en 1898 y, aunque se conocían los efectos nocivos que podría tener, se creía que, si se empleaba en pequeñas cantidades, podía ser una excelente medicina que curaba todo tipo de males.

Por este motivo, las compañías farmacéuticas de aquel entonces vendían esta sustancia en varias presentaciones: cremas dentales, tónicos, cremas faciales, cosméticos e incluso, en aguas minerales.

Las primeras víctimas

Aunque el radio tenía una reputación muy buena, las empleadas de la fábrica empezaron a tener sospechas de que podría afectar su salud. Esto debido a que en otros establecimientos donde trabajaban hombres, para manipular este producto utilizaban máscaras, guantes, pinzas y delantales de protección.

Este hecho les resultó muy curioso a ‘Las chicas del radio’, por lo que le preguntaban a sus empleadores si la sustancia podría ser peligrosa, a lo que ellos siempre respondían que no y que podían seguir trabajando con tranquilidad.

Incluso, los dueños de las fábricas pagaban sobornos para que se publicaran artículos científicos diciendo que el radio no tenía efectos negativos. Sin embargo, la verdad saldría a la luz tarde o temprano.

Amelia Mollie Maggia, una trabajadora de 24 años, fue la primera en sufrir las consecuencias de esta sustancia: fue perdiendo sus dientes poco a poco y presentaba dolores insoportables en todo su cuerpo.

Finalmente, cuando estaba al borde de la muerte, su médico la fue a visitar y se dio cuenta de algo atroz: al tocar su mandíbula, se deshizo en sus dedos como si fuera barro. Poco después, la joven empeoró y falleció.

Los informes médicos dictaron que la causa de muerte había sido sífilis, por lo que la empresa pudo ocultar la verdad por un buen tiempo. Sin embargo, cada vez eran más las mujeres que perdían la vida en las mismas condiciones y, para 1927, ya había 50 empleadas fallecidas.

La verdad salió a la luz

En 1925, el doctor Harrison Martland, empezó a hacer investigaciones y descubrió que el radio era el causante de las múltiples muertes que se habían venido presentando en los últimos años.

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Para ello, Martland exhumó el cuerpo de Maggia y, al abrir el cadáver, se dio cuenta de que todos sus órganos tenían una tonalidad verde fluorescente. La respuesta era obvia: la joven no murió de sífilis, sino por el radio que se había alojado en sus huesos y que causó estragos en su cuerpo.

Ante las evidencias científicas, miles de trabajadoras empezaron a encaminar una lucha jurídica para que los responsables sufrieran las consecuencias de sus terribles y negligentes actos.

Los testimonios que hicieron justicia

Fue así como la trabajadora Grace Fryer, en 1927, contrató al abogado Raymond Berry para llevar su caso a juicio. Aunque Fryer sabía que sus días estaban contados, logró llevar a sus compañeras y a sus victimarios al tribunal para ejercer justicia.

Otro testimonio que fue útil para esta lucha fue el de Catherine Wolfe, una empleada de la fábrica Radium Dialde Ottawa, en el estado de Illinois, Estados Unidos. A mediados de los años 30, Wolfe acusó públicamente a sus empleadores de causarle un tumor mortal en su pelvis, declaraciones que la compañía negó rotundamente.

En medio de su lecho de muerte, la mujer convocó a todas sus colegas y al abogado Leonard Grossman para tomar acciones legales en pro de que este hecho no quedase impune.

En 1939, este caso salió victorioso del juzgado, ya que la compañía fue obligada a pagarle 10 mil dólares (46 millones de pesos) a cada demandante como compensación por los daños causados.

A pesar de que Wolfe ya estaba muerta cuando el juez falló a su favor, se sentó un gran precedente en la historia y, a partir de ese momento, las empresas empezaron a crear normas para favorecer la seguridad de sus empleados.

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