María Fernanda Patiño hace una exposición sobre los falsos positivos – Arte y Teatro – Cultura


“¿Quiénes eran los hijos de las madres de Soacha?” La pregunta le llegó como un golpe en el estómago. María Fernanda Patiño había visto en televisión los rostros de estas mujeres tristes y hambrientas de justicia, pero nunca había visto los de sus hijos. No conocía sus historias ni las circunstancias en las que fueron engañados para luego aparecer en fosas comunes con botas pantaneras y el rótulo de guerrilleros muertos en combate, ¿quiénes eran?, ¿por qué fueron ‘reclutados’?, ¿cómo llegaron hasta esos cementerios improvisados en Norte de Santander?

La historia de los ‘falsos positivos’ la obsesionó al límite. Fue a los archivos. Se sumergió en la red en busca de fechas y datos biográficos. Fue en busca de rostros que, misteriosamente, desaparecían una y otra vez. “Era como si hubiera una fuerza oscura tratando de borrar cada caso y cada rastro”. Pero los nombres y las historias empezaron a salir a flote: José Joaquín Castro, Elkín Gustavo Verano Hernández, Julián Oviedo Monroy… en medio de la investigación, en un cruce involuntario con las palabras ‘desaparición’ y ‘Norte de Santander’, surgió otra verdad: la extinción de árboles nativos. Los cucharos, los frailejones, los guanábanos de monte, el palosanto y otras especies únicas, se estaban eliminando del paisaje. Las dos realidades se cruzaron en su mente.

Y empezó a dibujar.

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Poesía y horror

Su exposición en la Galería Sextante (Cra. 14 # 75-29), Los varones del sol, tiene la mezcla justa entre la historia, el horror y la poesía. Sus dibujos tienen clavada la obsesión de un naturalista y la intensidad de un retratista que no solo quiere mostrar el rostro de su personaje, sino una característica que pueda definirlo y darle un soplo de eternidad.

Exposición Los varones del sol, de María Fernanda Patiño

Julio César Mesa Vargas aparece atrapado en un Curubo de Pamplona. Trabajaba como obrero de construcción. Su madre tuvo que irse del barrio por amenazas. 

Foto:

Cortesía Galería Sextante

Patiño los pintó desnudos entre la tierra, enlazados con esas criaturas majestuosas aparentemente también condenadas a desaparecer, y el resultado es abrumador.
Julián Oviedo Monroy, por ejemplo, era un joven que nunca dejó su amor por sus juguetes. Su familia se reía de él por su inocencia, respondía por todos, pero en sus horas de soledad, no se resistía a poner sobre una mesa o en el piso las ruedas de sus ‘carritos’ y pasar horas felices en sus autopistas imaginarias. Patiño lo pintó con su cara de niño ausente entre la tierra del páramo y deslizando uno de sus carritos sobre la corteza del Frailejón de Chitagá.

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“Jaime Estiven Valencia tenía 16 años; pero su mamá dice que, cuanto lo encontraron, tenía la apariencia de un niño de 12 años”, dice María Fernanda. El dibujo es uno de los más conmovedores de la muestra. Jaime Estiven aparece en posición fetal entre las raíces de un algodoncillo. Está asustado. Tiene los brazos en las rodillas y parece estar a la espera de que alguien lo rescate y lo saque del fondo de la tierra.

Exposición Los varones del sol, de María Fernanda Patiño

Julián Oviedo era el responsable de sus hermanos menores.

Foto:

Cortesía Galería Sextante

Hacer el recorrido de la muestra es un réquiem por todos. Patiño narra la historia de cada uno, el cómo fueron engañados para ir a trabajar lejos de su casa por un buen sueldo y luego ser asesinados. Otros –dice Patiño– fueron drogados y ‘reclutados’ a la fuerza. “José Joaquín Castro, por ejemplo, trabajaba en una fundición de campanas. Daniel Alexander Martínez tenía un hijo de un año; Jaime Castillo Peña vendía dulces cerca del Cafam de la Floresta”. Toda esa intensidad aparece en sus dibujos sin final feliz; hay algo notable: ninguno de los personajes tiene una sonrisa, solo desconcierto, sorpresa y una profunda tristeza. Patiño estuvo un mes cada dibujo; un mes con cada historia; un mes de diálogo profundo con cada uno. Solo hay que ver el abrazo que le da bajo tierra Diego Alberto Tamayo a su perrito Morgan.

‘Performances’ sobre la obra

Exposición Los varones del sol, de María Fernanda Patiño

El colectivo Arte Consciente hizo tres actos performáticos que profundizan en las historias de los dibujos. 

Foto:

Fernando Gómez Echeverri

La exposición –más allá de su poder solitario– se expandió mucho más allá bajo la juiciosa curaduría de Natalia Gutiérrez. La exposición tuvo tres potentes actos en una sorprendente ‘museografía viva’. El director de teatro y televisión Juan Alberto Galvis y la actriz Lorena Cubillos ‘intervinieron’ la obra y desataron sus sentimientos y su visión alrededor de los dibujos. Tuve la fortuna de estar en un ensayo y me pidieron que saliera de la sala. “Ya puedes entrar”, me dijeron media hora más tarde. Y lo vi.

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En una estructura de madera, en el fondo, había una mujer desnuda de espaldas y sobre ella, como si hubiera reencarnado, la imagen en carne y hueso de Jaime Estiven Valencia; quedé un rato hipnotizado y luego tuve un sobresalto brutal con la voz de Lorena Cubillos con uno de los poemas que escribió para la exposición: “¿cuánto pesa un grito?”.

FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI
EDITOR DE CULTURA@LaFeriaDelArte

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