Mauricio Gómez, artista del reportaje. Entrevista de BOCAS – Cultura


Mauricio Gómez fue uno de los mejores reporteros de Colombia.  Es artista, fanático del futbol, nieto de un expresidente y el hijo de un hombre que marcó la nación, pero siempre despreció la posibilidad de ser parte del mundo de la política. Gómez murió hoy, 13 de mayo. Recuperamos esta entrevista que le hizo la Revista BOCAS en 2013. 

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Pausado, amable y pelo muy corto, Mauricio Gómez tiene actitud, voz y pinta de filósofo, de pintor, de pensador. Nada que ver con el estereotipo del periodista que anda con tres celulares en las dos orejas y pegado a un radio. Además es tímido. No le gusta que lo entrevisten porque se siente incómodo del otro lado de la grabadora o de la cámara.

A pesar de ser nieto de Laureano Gómez e hijo de Álvaro Gómez Hurtado, cuando se habla con él uno siente como si la política le provocara aversión. De hecho, advierte que no quiere opinar nada acerca del asesinato de su padre. Y aunque se declara antipolítico, en el momento de opinar sobre los temas del país sale a relucir su herencia, solo que no lo hace a nombre de un partido, sino a título personal, como un ciudadano más que exige transparencia y estar bien informado de las decisiones de los dirigentes de turno.

Nació en 1949 y estudió Derecho, profesión que nunca ejerció. No solo ha sido periodista. En los años noventa y buena parte de la década pasada estuvo dedicado al arte. Además, de joven, fue muy aficionado al teatro. Recuerda que cuando tenía 12 o 13 años, una tía lo llevó a ver en el Teatro Colón La cantante calva, de Ionesco, y lo marcó profundamente. Después de eso formó un grupo de teatro llamado La Farsa, que sobrevivió hasta su tercer año de universidad.

Quien había sido en su juventud un gran melómano, seguidor de Paul McCartney y las bandas Steely Dan y Pink Floyd, con los años se ha ido decantando por el jazz. “Poco a poco el espacio para la música se me ha cerrado, eso se llama la vejez, no estoy para nada actualizado”. Y señala que hasta la fecha no ha bajado ni una sola canción de la red. Sencillo y amable, da a entender que se defiende en la vida con lo mínimo necesario. En las instalaciones del noticiero CM&, donde trabaja, ni siquiera tiene una oficina o un escritorio porque a él le basta sentarse frente a un micrófono para leer sus textos y una pantalla para editar sus informes.

Periodismo, un oficio útil como pocos: Mauricio Gómez

Aunque estudió Derecho, el hijo de Álvaro Gómez nunca lo ejerció.

Foto:

Nestor Gómez / EL TIEMPO

¿Recuerda algo en particular de su infancia?
Cuando niño, salimos al destierro. Yo tendría unos cuatro años y volví a los seis. Estuvimos en España, pero no tengo recuerdos muy grandes, si acaso algunos esporádicos. Lo que sí recuerdo es que el 10 de mayo de 1957, cuando cayó Rojas, había una misa por el aniversario de la muerte de Rafael Gómez, hermano de mi pa- dre. Vivíamos en la calle 18 y cuando íbamos a la iglesia la gente le gritaba vivas a mi papá. Yo no entendí mucho por qué, pero fue la primera vez que vi una manifestación pública a favor de mi padre. Los otros recuerdos que tengo son muy pocos. El interés que mi padre tenía por hacernos leer, y tal vez algunos recuerdos en el colegio, el Gimnasio Campestre.

Como buen egresado del Campestre, debía de ser un buen futbolista.
No. En el curso había por los menos 11 mejores que yo, lo que habla de lo mal futbolista que era. Pero fui menos malo en tenis, básquet y atletismo. Mi especialidad eran los 100 metros planos. Pero fútbol no fue mi fuerte a pesar de que me gusta mucho. De todas maneras, fue en el colegio donde tal vez empezó mi afición por el periodismo, porque fundamos con Mauricio Luna y Juan Manuel Mosquera, compañeros de colegio, la Antena Gimnasiana.

Cualquiera pensaría que esa afición por el periodismo le venía de niño, por la relación de su familia con el diario El Siglo.
No. Mi relación con El Siglo fue muy posterior.

O sea que usted no es el típico hijo de periodista que se vanagloria de haber tomado tinta de lino tipo en vez de tetero.
No. Yo me gradué de abogado sin saber por qué. En esa época la familia tenía una imprenta llamada Italgraf. Al graduarme, viajé a Inglaterra a estudiar Administración de Empresas de Impresión. Pero Italgraf quebró y por falta de oficio fui a dar a las páginas internacionales de El Siglo.

¿En qué año fue eso?
Eso fue en 1976 o 77, tal vez. En esa época llegaban las telefotos. Hoy uno se puede morir de la risa, pero ver una foto del papa, que acababa de hablar hacía cinco minutos en otro lugar del mundo, nos parecía un milagro. La mayoría de esas fotos literalmente las echaban a la caneca y a mí eso me parecía un desperdicio. Entonces propuse una página, que luego se volvieron dos, donde publicábamos unos largueros de arriba abajo con fotos de la víspera. Como los demás periódicos no le prestaban casi atención al tema, El Siglo tuvo en esos años una de las mejores páginas internacionales que se recuerden.

Más que una escuela, fue un posgrado.
Igual, fue una gran escuela. Allá en El Siglo conocí a María Isabel Rueda, a Álvaro Montoya, a Juan Diego Jaramillo (que en paz descanse), a Juan Gabriel Uribe. Una vez tuvimos el cabezazo de imprimir los afiches de los equipos del fútbol colombiano y El Siglo batió los récords de publicación, porque la gente quería los afiches del Cúcuta, de Millonarios, de Santa Fe, de todos los demás. Ese fue el comienzo adulto de mi paso por el periodismo.

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Ahí queda plasmada su pasión por el fútbol, de la que hablaba antes. Como buen hijo de Álvaro Gómez usted debe de ser un gran santafereño.
No. Para nada. Yo soy hincha de Millonarios, lo cual ahora ya no me da tanta pena decirlo. Mi padre era un santafereño total y decía que había ayudado a hacer la camiseta de Santa Fe. Ahora, yo trabajo con Yamid Amat que es santafereño. En eso no estamos de acuerdo y bueno… tenemos ahí nuestra rivalidad.

¿Algún recuerdo relacionado con el fútbol?
Iba al estadio El Campín con mi hermano menor a hacerle fuerza al cuadro embajador. Mis ídolos eran Delio “Maravilla” Gamboa y Marino Klinger. Recuerdo mucho que en el colegio seguimos por radio el partido entre Colombia y la Unión Soviética en el Mundial de 1962. Recuerdo al portero Lev Yashin, la Araña Negra, y el gol olímpico de Marcos Coll. Ese empate 4 a 4 lo celebramos como si hubiéramos ganado el Mundial. Muchos años después pude celebrar como si yo hubiera salido campeón del mundo cuando Francia, donde vivía desde hacía siete años, ganó el Mundial de 1998. Acabé gritando y saltando en los Campos Elíseos.

¿Entonces usted le dedica tiempo a ver fútbol por televisión?
En Colombia es una tortura ver un partido de fútbol por televisión. No hay ni un solo minuto de los 90 que uno logre ver el partido sin publicidad. En ningún país del mundo, que yo sepa, lo someten a uno al salvajismo de ver toda esa publicidad. Eso es una violación a ni idea cuál derecho humano. Y por el otro lado, en mi modesto concepto, porque yo no soy experto en periodismo deportivo, me parece que se abusa de describir lo que uno está viendo. Todavía se transmite un partido de fútbol como se hacía en la radio hacía 60 años, cuando la gente no veía el partido. Pero no, se lo narran igualito, como si uno estuviera sordo y ciego.

Ya que habla de televisión, ¿cómo fue su paso a ese medio?
Un día llegó el ofrecimiento de trabajar en el Noticiero 24 horas, adonde llegué sin tener ni idea de nada. Allí tuve magníficos maestros, empezando por Javier Darío Restrepo, Jorge Ortiz, reporteros veteranos como Amparo Peláez, Guillermo Aldana, Raúl Gutiérrez. Poco a poco fui aprendiendo y después ya me eché al agua a hacer reportajes. Germán Castro Caycedo fue mi inspirador y el gran maestro que he tenido en mi vida para ser periodista de televisión. Él se desplazaba por el país. Por primera vez se sacaban las cámaras al campo, se hablaba con la gente en el campo, se hacían los recorridos.

¿Eso fue en qué año?
Entré al noticiero en 1978. La gente hoy día no puede creerlo, pero en esa época se trabajaba en película de cine en blanco y negro. Uno trataba de no equivocarse porque cada equivocación costaba mucha plata. La película se revelaba en un laboratorio medio improvisado y allí se hacían las tortas, que eran unos rollos como los que se meten en los proyectores de una sala de cine. Lo primero que uno metía en la torta era lo que iba a salir al final del noticiero.

No debía de ser muy práctico.
Imagínese, la película se empataba al ojo a través de un bombillo, se cortaba también al ojo, y había que tener cuidado porque la pista de sonido y la imagen no van en el mismo fotograma. Era necesario ser un experto para hacer esas pegas. Así nos tocó durante la toma de la embajada de República Dominicana.

Hasta que por fin llegó el video…

Eso ocurrió cuando se aprobó la televisión en colores y fue como un milagro. Había foco automático, no había que revelar, se podía editar. Aquel fue un enorme salto tecnológico. Hoy día los equipos son más rápidos que en los años 80, se graba en tarjetas, se puede enviar el material por Internet, obviamente muchas cosas han cambiado desde la llegada del primer video. Pero la importancia de pasar de cine a video ha sido la más grande, al menos de lo que me tocó a mí.

¿Comenzó con alguna investigación política o de corrupción?
No. Mi primer reportaje fue sobre fútbol, cuando Colombia se preparaba para el famoso Mundial de 1986. Yo fui a España para ver cómo se preparaban para realizar el Campeonato Mundial de 1982. Allá me di cuenta de que no había ni la posibilidad remota de poder hacer un Mundial en Colombia.

Por ser usted hijo de Álvaro Gómez, ¿cuando fue director y presentador del noticiero no lo tacharon de hacerle propaganda a las ideas de su padre?

Lo que tratamos de formar en 24 horas fue un equipo independiente. Mientras que todos los noticieros estaban matriculados a una casa política, nosotros fuimos los primeros en darle el mismo tiempo a los candidatos a la Presidencia, por ejemplo, tratando de crear una balanza y evitar así que el noticiero no se convirtiera en la punta de lanza de ningún partido político.

No le pesó el apellido…
Obviamente era una situación incómoda, yo era director de un noticiero siendo mi padre político. Pero yo pensaba que no debía prestarme para hacerle juego a él. Y así he seguido hasta el presente. Como yo no estoy en el paseo político, estoy libre de si mis informes son gobiernistas o antigobiernistas. Trato de hacerlos de manera independiente. Ahí está la fuerza del periodismo. Yo siempre he seguido algo que me dijo alguna vez mi padre en El Siglo: hay que publicar la verdad. No disfrazarla. Y eso se me quedó en la cabeza. A uno nunca le pasa nada malo por publicar la verdad. Cuando la trata de ocultar surgen una gran cantidad de problemas. Yo sé que hay gente que publica la verdad y la matan. Pero creo que es una regla para cualquier periodista.

¿Dónde se encontraba usted cuando se enteró del asesinato de su padre y qué pensó, sintió o hizo?
Yo estaba en París. Me llamaron de la embajada para decirme que a mi padre lo habían herido en un atentado. No se atrevieron a decirme que lo habían matado. Tuve una premonición y prendí el televisor. En CNN me enteré que lo habían matado. No lo entendí en ese momento. Pero días después, cuando leí sus últimos editoriales contra el gobierno de Samper, entendí por qué lo mataron.

¿Qué enseñanzas le dejó su padre?
Heredé su preocupación diaria por sacar a Colombia de la pobreza y el sentido del honor. Además, el gusto por la lectura, el arte y el periodismo.

¿Qué recuerda de su abuelo Laureano Gómez?
A mi abuelo no lo conocí lo suficiente, cuando él murió yo tenía 14 años. Con frecuencia yo le leía en voz alta, pero me intimidaba, así que yo me equivocaba cuatro veces por renglón. Al final, con una gran sonrisa, me felicitaba aunque hubiera leído muy mal. Cuando murió lo velaron en la casa porque en su testamento prohibió que el velorio fuera en el Capitolio. Yo me escondí detrás de un mueble por largas horas y quedé profundamente impresionado al ver el llanto a mares de los centenares de personas que desfilaban por su féretro.

Mauricio Gómez

Fue abogado y director del diario El Siglo. En los últimos 10 años, el periodista trabajó con Yamid Amat en CM& y en Noticias Caracol.

Foto:

Juan Pablo Gutiérrez

¿Por qué decidió abandonar el periodismo y dedicarse al arte?
Yo creo que decidieron por mí. A finales de los años 80 estaban secuestrando a hijos y parientes de personajes influyentes en la vida nacional. Habían secuestrado a Diana Turbay y la habían asesinado; secuestraron a Francisco Santos, a Andrés Pastrana. Cuando lo liberaron, Andrés Pastrana fue a España a recibir un premio de periodismo. Yo estaba allá realizando un programa sobre periodistas en el exilio y Andrés Pastrana me dijo: Cuídese, que a mí me cogieron porque no lo pudieron coger a usted. Días después nos enteramos de una conversación que había captado el DAS en la que se hablaba de mi secuestro. Tomé las amenazas en serio y me fui del país.

¿Lo tomó como un exilio?

No, porque yo pensé que me iba a ir por un año. Pero se me fueron 16.

¿A qué se dedicó en ese tiempo?
Al comienzo trabajé en la cadena CNN en inglés en Los Ángeles, después en Univisión, y en 1991 me fui a París, donde me matriculé en cursos de arte grabado, pintura y escultura.

¿Cómo fueron esos años de artista?
Yo venía del trajín de un noticiero, con horarios establecidos. Además, un noticiero depende enteramente de un enorme grupo de trabajo. Pasé a trabajar en un estudio, solo, sin cuadrar citas con nadie, no dependía de nadie, y ahí fue donde eché raíces por mucho tiempo. Hace unos cinco o seis años regresé, expuse mis esculturas y al mismo tiempo hice el documental Colombia Vive, sobre de los últimos 25 años de la historia nacional. Después de eso Yamid Amat me propuso trabajar en CM& y ahí vamos.

¿Usted ya abandonó el arte?
No.Una vez que uno mete el dedo ya no lo saca.

¿Qué cambió en el periodismo en sus 16 años de ausencia?
El periodismo ha cambiado demasiado. Un solo ejemplo. Si usted le quita a cualquier periodista de hoy el celular y la Internet, yo no sé qué pueda hacer. Y esa era nuestra situación entonces.

Ni siquiera había copy-paste sino pegadit, tijeras y cinta pegante.
Incluso la parte técnica era muy precaria. Los mapas que aparecían en los noticieros eran unas cartulinas de colores que poníamos una encima de otra. Alguien por detrás jalaba cada cartulina para que apareciera un color nuevo. Los créditos de los programas se hacían a mano. No había línea de retorno para el presentador. Por allá a 50 metros salía el productor que decía: no hay texto ni video. Hable. Cinco, cuatro, tres, dos… y así se iba uno al aire. Eso ha cambiado mucho. Hoy uno se acuerda de aquellos tiempos y se muere de la risa.

¿Y cómo se siente usted en estos tiempos?

Tal vez yo estoy haciendo un periodismo a la antigua. Un periodismo en el que la visita del periodista a sus fuentes y al tema que está tratando sigue teniendo más valor que cualquier información que consiga en Internet. Yo creo que las crónicas en los sitios son mucho más jugosas e informativas que cualquier dato que uno encuentre en las redes sociales o en Internet mismo.

¿Qué es lo más duro que ha visto en sus viajes por Colombia?
Lo más duro de lo que me ha tocado ver en mi trabajo recorriendo el país es la pobreza. La pobreza es enorme y mucho más grande de lo que dicen las estadísticas.

¿El haber sido artista ha influido en su manera de hacer periodismo ahora? ¿Le ha dado, por ejemplo, más calma, más tiempo para la pausa?

El periodismo no deja respirar con mucha calma porque los temas están vivos, sobre todo por cuenta de Internet. Por ejemplo, ahora que estoy preparando unos informes del parque Tairona la noticia cambia todos los días y todos los días toca cambiar el texto. Pero un mes al año me desconecto de todas las noticias, me dedico a hacer dos o tres garabatos o esculturas, y manejo mi tiempo de una manera totalmente distinta a la de un periodista.

Siendo nieto e hijo de un abuelo y un padre conservadores, ¿usted se considera conservador?
Yo no sé qué pueda significar hoy día la palabra conservador o la palabra liberal. Yo soy de una generación distinta a la de mi padre y mi abuelo y las circunstancias que ellos vivieron son muy diferentes a las que me han tocado vivir a mí. Un día me gritaron en Leticia: Usted no es el hijo de Álvaro Gómez. Es el hijo de Tirofijo. Yo no sé si eso fue una crítica o un elogio.

¿Nunca lo picó el gusanito de la política?
No. Yo no tengo ningún contacto con el mundo político, nunca lo he tenido. Alguna vez esperaron que yo me presentara en algunas elecciones por ser hijo de quien era, pero el mundo político nunca me llamó la atención, y ahora mucho menos. El 99% de los políticos gobiernan o toman decisiones sobre el país de acuerdo para donde vaya la corriente de los puestos y del presupuesto. Fíjese no más el caso del Tayrona. El presidente Santos anunció el proyecto de Six Senses como una maravilla. Luego parece que porque algún pariente estaba metido se echó para atrás. Después, al proyecto de Los Ciruelos, le levantaron la sanción a la licencia ambiental, pero lo están tratando de parar porque en la Presidencia de la República se dieron cuenta de los miles de tuits en contra del proyecto. Entonces buscaron una disculpa, la de los bosques secos tropicales, para detenerlo. Pero fue un tema manejado no por los expertos o por los conceptos técnicos, sino por los tuiteros.

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¿No está de acuerdo con esos movimientos ciudadanos?
No. Al revés. Yo sé que el mundo está cambiando, que la gente ahora se expresa a través de las redes sociales y eso me parece muy bien. Pero los medios realizan en- cuestas sobre el presupuesto nacional y quienes opinan son personas que no tienen ni idea del tema, y publican el resultado de la encuesta a los ignorantes. La opinión se vuelve ley. Es la dictadura del corazón y de la desinformación. En Colombia y en el mundo entero se gobierna por cuenta de las encuestas y de Twitter. Eso es peligroso. Yo sí creo que a veces se puede tomar una medida en contra de la popularidad, pero nadie se atreve a hacer eso. Primero ven Twitter y después legislan.

¿Qué opina usted de ese caso del Tayrona que usted está investigando?
No hay que ir muy lejos para ver lo que le puede pasar al Tayrona. Basta ir a El Rodadero. El Rodadero era tal vez la bahía más linda de Colombia cerca de una ciudad. Logré conseguirme unas películas de 1956 donde no hay un solo edificio. Eso fue un desarrollo muy mal planeado. Acabaron con una playa que era hermosísima, levantaron una selva de concreto, eso es un hormiguero humano en medio de no se sabe cuántas fuentes distintas de música que suena al mayor volumen posible.

Pero hablan de unos hoteles muy distintos a los edificios de El Rodadero o Bocagrande.
Sí… Pueden presentar un proyecto que parezca razonable, pero abrir la puerta es gravísimo. Como hay 120 propietarios privados en el Tayrona, todos dirán ¿y por qué yo no puedo abrir mi hotel? Entonces una vez que se abre la puerta a un hotel, como pasó en El Rodadero, se obtiene ese resultado. El hecho de que en 2013 no hayamos hecho ni un hotel en ninguna de sus bahías debería considerarse como un éxito de preservación y no como un fracaso para el turismo internacional. Que el Tayrona haya llegado a esta época sin cemento, en un país donde todo se compra y todo se vende, es un milagro que se debe preservar.

¿Usted admira a algún lider político colombiano?
No admiro a casi ninguno. Me gustaba Galán. No estaba casado con un partido, sino que actuaba más con la verdad.

¿Y del mundo?
Ah, líderes políticos del mundo sí, claro. Líderes del mundo admiro a Mandela… [pausa larga]… Es difícil encontrar líderes políticos que uno admire… Se queda la lista así de cortica… Como que no hay un segundo detrás de Mandela… Mejor dejémoslo en Mandela [risas].

Además del arte, que ha sido un oficio, ¿cuáles otras aficiones tiene?
Me gusta leer sobre arte, sobre medio ambiente. Autores franceses, más que todo, por lo que viví allá, que escriben de diversos temas, como por ejemplo qué ha pasado con el famoso desarrollo sostenible. Me gusta leer sobre deportes y trato de jugar al tenis cuando las lesiones me dejan, aunque cada vez son más frecuentes.

Pasemos a su faceta de artista. ¿Admira a algún pintor?
Admiro infinitamente al pintor, escultor y escritor Jean Dubuffet.

¿Y escritores?
De los vivos, admiro a Juan Esteban Constaín. El que sabe sabe. Me gusta mucho Julio Cortázar y Jean Anouilh. Y también admiro al gran poeta Ramón Gómez Jattin.

Además de ser hincha de Millonarios, ¿algún otro equipo le gusta?
Me gusta el Real Madrid y cuando de vez en cuando le gana al Barcelona siente uno un fresquito, aunque Barcelona actualmente es el mejor, eso no hay nada que hacer. Me gusta Chelsea en Inglaterra y le hago mucha fuerza a la Selección Colombia para ver si por fin volvemos a un Mundial.

¿Y de cine?
Me pasa lo mismo que con la música. Antes no me perdía de ninguna película. Ahora se me pasan muchas, pero sobre todo porque las últimas 20 me han salido todas malas. Le he tirado al cine francés, a los de acción… y nada. La última película que me haya parecido excelente fue Medianoche en París, de Woody Allen. Pero estoy decepcionado del cine porque toca ver muchas películas para dar con una buena. Como en los toros antes.

A propósito, ¿a usted le gustan los toros?
Yo iba a los toros, hoy día no soy capaz de ver una corrida ni en televisión. La ida al exterior por 16 años me enfrió en el tema. Creo que los que quieran ir a los toros deberían poder seguir yendo, ahora creo que les toca irse a Medellín y a Duitama para ver esa vaina.

¿Usted es optimista o pesimista?

Uno tiene que ser optimista. Es la base de la vida. Es la única manera de enfrentarla. Uno debe esperar que algún día no se roben todo el dinero. Que las decisiones se tomen por el bien de la comunidad y no de un partido, por el presupuesto que le van a otorgar a uno o los puestos que le van a dar. Yo creo que eso está cambiando en el país, muy por debajo, pero está cambian- do. Somos menos políticos, menos sectarios, y mucha gente busca el bien de la comunidad. Pero con este país tan desbarajustado, a veces el optimismo le queda a uno más perforado que una coladera. ¿Por qué no han acabado los 100 metros de la calle 26 con carrera Tercera? Llevan ahí tres años, cuando el cemento y lo que necesiten está en el centro de Bogotá. Entonces no van a terminar la 26 ni el Transmilenio hasta el aeropuerto. Se nos vuelve una costumbre no terminar las cosas y ahí es donde el optimismo que uno trata de mantener lo más inflado posible se desinfla.

Gracias por leer.
Le recomendamos leer esta entrevista de nuestra última edición: La vida en dibujitos de powerpaola: entrevista de BOCAS.

Entrevista Mauricio Gómez
Por Eduardo Arias
Fotos Juan Pablo Gutiérrez
Edición 16 – 2013​



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