Piero y la historia de Mi viejo. Entrevista de BOCAS – Cultura


Fue mascota del Club Atlético Banfield, fue seminarista, fue perseguido por los militares y fue otro argentino más exiliado. Tiene 77 años y es toda una leyenda de la canción latinoamericana. Es italiano (donde nació), argentino (donde se crió) y colombiano (donde se nacionalizó). Es un artista querido en toda Hispanoamérica. Es un cantante que siempre les habló a todas las generaciones: niños, adultos y viejos. Es un practicante de yoga. Es amigo del Papa Francisco. Es Piero de Benedictis, a quien todos lo conocen simplemente como Piero. Piero, mi querido Piero, “… ahora ya caminas lento, como perdonando el viento”.

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Piero en BOCAS

La edición 118 está en circulación desde el domingo 26 de junio de 2022.

Para Piero de Benedictis, pese a las preocupaciones del presente, lo mejor está por venir. A sus 77 años, está lleno de proyectos y de historias para contar. Su vida artística y personal ha sido muy prolífica, pero la mayoría de quienes creen conocerlo se sorprenderán mucho al escuchar la variedad de situaciones por las que pasó el creador de clásicos como Mi viejo y Para el pueblo lo que es del pueblo.

Con Colombia lo une una relación muy especial que va mucho más allá de la nacionalidad que le otorgó Ernesto Samper en 1994. En noviembre del 2021 brindó conciertos en distintos puntos del país, al igual que en abril de este año, donde estuvo presentando ‘La Sinfonía inconclusa en la Mar’, su espectáculo infantil multidisciplinario, basado en su disco de 1973. El próximo domingo 25 de septiembre, Piero volverá a subirse a un escenario en el Festival Cordillera que se desarrollará en Bogotá, en donde también participarán Maná, Café Tacvba y Julieta Venegas, entre otros.

Su vínculo con la nación colombiana se remonta al año 1971, cuando visitó el país por primera vez. Hace unas semanas ejerció su derecho al voto en el consulado en Buenos Aires. Su compromiso con la realidad comenzó a principios de la década de los 70 y se hizo carne en todo el continente latinoamericano, comiendo, compartiendo y cantando con los más pobres. “No busco ser un artista comprometido. Simplemente surgen cosas interesantes en las que puedo ayudar. En la medida en que se pueda mover algo y generar cambiar y que sirva para sumar algo, mucho mejor”, resume el cantante ítalo-argentino-colombiano.

Piero en BOCAS

Concierto de La Sinfonía inconclusa en ‘La’ mar, 2018

Foto:

Archivo Personal. Piero/ Maureen Maya

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No, no tenía vocación religiosa. Era para irme a Buenos Aires. Quería rajar y cambiar de paisaje. En el seminario, si uno no les daba bola a muchas cosas, podía encontrar cosas interesantes.

Piero tocó en los más variados escenarios y recorrió el mundo. Llegó a charlar con 16 mandatarios, de todas las vertientes políticas, y con los más poderosos empresarios. Aun así, nunca perdió el interés por conversar, escuchar y conocer la vida del ciudadano de a pie. En esta oportunidad, se tomó un respiro en su casa del barrio San Telmo, cerca del centro de la Ciudad de Buenos Aires, para recibir a la revista BOCAS.

Aunque afuera se escuchan bocinazos, la tranquilidad reina en el living de los De Benedictis. Allí, el cantante vive con su esposa, la artista Mariana Schettini –que convida café, chipá y galletitas dulces– y con sus dos hijos. Y con el hiperactivo perrito Ringo, un bichón maltés americano. De saco marrón y zapatillas deportivas con detalles fluorescentes, el cantante no pierde el humor. “Son un cocoliche, pero son cómodas”, se ríe, refiriéndose a su calzado, usando una expresión que los inmigrantes italianos hicieron común en el habla del Río de la Plata y que en este caso significa una prenda colorida o de mal gusto. Tampoco pierde el pelo: luce sus característicos rulos sin atisbos de que su cabellera se encuentre en riesgo. 

Las paredes están decoradas con cuadros de autoría de Schettini, infinidad de premios y recuerdos de sus viajes y fotos familiares. La salud de su hermana, Gabriela –que estuvo en terapia intensiva durante un mes y medio por un ACV–, lo tiene preocupado. “Tenemos una relación muy fuerte y especial. Está zafando. Está levantando. Ahora la trasladaron a la casa. Conversamos, ya puede hilar, empezó a entender casi todo y puede hablar algo”, cuenta apenas comienza la entrevista.

Piero se acomoda en el sillón con un almohadón decorado con un fragmento de La primavera, de Botticelli, y se dispone a viajar por distintas épocas de su extensa trayectoria. La primera parada es su lugar de nacimiento: Galípoli, en Italia. Allí nació el 19 de abril de 1945. Cuando tenía tres, junto a su madre y su hermana, vinieron en barco para Argentina, donde los esperaba su padre. 

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Piero en BOCAS

Banfield, Argentina, 1948

Foto:

Archivo personal. Piero/ Maureen Maya

¿Qué sabe de su infancia en Galípoli?
Mi mamá siempre me contaba que yo preguntaba: “¿Dónde está papá?”. Él se había ido a Argentina para instalarse primero y después nos mandaba a buscar. Ella me ponía arriba de la mesa y me decía: “En la América”. Y yo le preguntaba: “¿Qué es la América?”. Entonces ella me explicaba que tenía que tomar el tren a Génova, después ir en barco primero hasta Brasil y después a Buenos Aires. Así todos los días. Hasta que un día, mi vieja me vino a buscar al colegio de monjas donde me dejaban y le dijeron que yo no estaba. Mi madre se sorprendió, me había visto entrar. Me había escapado. Entonces me empezaron a buscar. Era difícil, Galípoli es una ciudad más antigua que Roma, llena de callejones. Una planchadora, una chusma del barrio que se la pasaba todo el día en la vereda, cuando me vio me preguntó qué hacía en la calle. Y yo le dije: “Me voy a la América”. La planchadora me preguntó cómo iba a hacer. Yo le expliqué: “Y sí, me tomo el tren a Génova, luego el barco…” La señora me contestó: “Espera un poquito que termine de planchar y vamos juntos”. Y me llevó con mi madre. Eran cosas que la vieja las contaba fotográficamente.

Sigamos con el viaje a “la América”. ¿Ya desde entonces se perfilaba como cantante?
[Risas] Es cierto. Es una historia muy linda. Íbamos en un barco llamado ‘El Brasil’, era el último viaje que hacía. Y después lo desarmaban. Y mi mamá, que estaba con mi hermanita de 11 meses dentro del camarote, de golpe se dio cuenta de que no estaba. Me empezaron a buscar. Le decían a todo el mundo: “Estamos buscando a un chico que se llama Piero”, que tiene un rulo con forma de banana en la frente. Me buscaban por arriba y por abajo hasta que por fin me encontraron sentado en la mesa con chocolate, comiendo y cantando. Yo tenía tres años.

¿Qué recuerda de sus primeros años en Argentina?
Yo era la mascota del ‘Taladro’ (así le dicen al Club Atlético Banfield). Fue muy emotivo una vez que me invitaron a un restaurante en un subsuelo, donde había unos veinte socios muy activos e icónicos. Tenían las fotos de todos los equipos. Hasta que vi una foto y me reconocí, ahí estaba yo con mi rulo estilo banana. Me hice hincha pese a que mi viejo tenía cero fútbol. No tenía idea. Nosotros vivíamos en la calle Arenales, que da justo al estadio. Es una identidad fuertísima en el barrio. Nosotros ni sabíamos qué era el fútbol, pero veíamos la correntada de gente que iba y venía cada vez que había partido y nos sentíamos atraídos. Me encariñé con los jugadores. Recién cuando fui al seminario jugué al fútbol, pero de chiquito no. 

Es la segunda respuesta en que menciona algo de su pelo, ¿cómo hace para mantenerlo tan bien?
Es una peluca que salió buena. Setenta y pico de años y todavía zafo con eso. No se cae. Y eso que no hago nada para cuidar mi pelo. Salgo de la ducha y hago a lo perro, me sacudo y sigo.

Volviendo a sus primeros años. El paso siguiente, luego de Banfield, fue Allen, en la provincia de Río Negro. ¿Mantiene contacto con ese lugar?
Sí. Hace poco fuimos con mi familia a conocer la casa donde vivíamos. Era como a las doce y media de la noche. Sale el pibe que alquiló la casa y me reconoce. Me dice: “Piero, ¿qué hacés?, ¿cómo te va?”. Y nos quiso hacer pasar. Hasta fue a despertar a la mujer para que nos saludara. Nos metimos en la casa y fue un viaje… Un viaje sensorial. Fue un lugar muy importante para mí. Nos mudamos a ese lugar porque en Banfield, un día el viejo fue a laburar al negocio que tenía de arreglo de equipos de música y le habían robado hasta la estantería. Entonces vino un amigo que tenía y le propuso ir a Allen, ya que estaba todo por hacerse, había mucho futuro. Y así nos fuimos para allá.

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Le dije a mi papá: ‘Escucha este temita que está fresquito’. Entonces empecé… ‘Es un buen tipo mi viejo’. Entonces lo veo llorando”.

De Allen se fue al seminario, ¿de verdad quería ser religioso?
No, no tenía vocación religiosa. Era para irme a Buenos Aires. Quería rajar y cambiar de paisaje. En el seminario, si uno no les daba bola a muchas cosas, podía encontrar cosas interesantes.

Cuando me habla de su padre no puedo evitar pensar en la canción Mi viejo. ¿Cómo surgió?
Con José Tcherkaski nos juntábamos en su departamentito, se iba la mujer a laburar y nos quedaba el espacio para nosotros, ahí componíamos… ¡y delirábamos! Un día dijimos, acá hay que hacer un tema al padre, pero que no sea uno que diga ‘papito, te quiero mucho’, sino algo que mueva. No era escribir y copiar, era hablar del viejo de cada uno, aunque José no tenía ya a su padre y mi viejo tenía 48 años. Ni bien terminamos la canción le dije a José que quería ir a casa y contárselo a mi viejo a ver qué pasaba. Me parecía que iba a ser una cosa muy fuerte. Y así fue. Me lo llevé al living [a la sala], descolgué el teléfono para que nadie moleste. Le dije a mi papá: “Escucha este temita que está fresquito”. Entonces empecé… “Es un buen tipo mi viejo” [canta]. Entonces lo veo llorando.

¿Alguna vez lo había visto llorar?
No, nunca lo había visto llorar. Fue muy fuerte. La canción era larga. Canté el estribillo, luego la estrofa y, de nuevo, el estribillo y la estrofa. Era un parto remar hasta terminar la canción. Me dije, a ver ahora qué dice él, porque no había emitido sonido. De pronto, se pone a caminar. Estaba llorando. Se limpia los anteojos. Vuelve, se me pone enfrente y me dice: “Ma chi lento [pero, ¿quién es lento], la puta que te parió?”.

¿Cómo era su padre, don Lino?
Lino era un personaje. Tenía 30 o 40 patentes de invención. Una vez, manejando, va a prender el cigarrillo y se choca. Le dijeron que deje de fumar, pero él no quiso; inventó un implemento para que le prendiera los cigarrillos mientras manejaba para no tener que usar las manos. Tengo muy lindo recuerdo. Jamás recibí ningún golpe, ni siquiera era de gritar. Mi vieja era la que más escándalo hacía. Él era un viejo atorrante; yo siempre le decía que iba a contarle a todo el mundo su verdadera historia, andaba con muchas mujeres. Finalmente se separaron. Pero siguieron viviendo en el mismo edificio, acá en Palermo. Él en el quinto y ella en el séptimo. “¡Otra vez cocinando pescado!”, le gritaba mi madre a mi padre, que en los últimos años, de la nada, se empezó a enganchar con la cocina. Cocinaba mucho.

¿Qué le dijo cuando renunció al seminario para dedicarse a la música?
Cuando le dije que me iba a dedicar a cantar, me apoyó. A mi viejo le venía bien todo.

Piero en BOCAS

Piero se ha involucrado a diferentes causas sociales por las víctimas de la guerra en Colombia.

¿Y su madre, Ornella?
A ella le gustaba mucho la música. Yo canto por ella. Cantaba muy bien. Cantaba mucho en español, le gustaba Carmen Sevilla y el Niño de Utrera, cantantes que eran muy conocidos en esa época y que venían a la Argentina y llenaban la plaza de Lanús (localidad vecina de Banfield), lugares así, sin infraestructura. En Radio Belgrano (llamada así en honor al padre de la Patria y creador de la bandera) hacían un concurso. Los vecinos le llenaron la cabeza con que podía ganar. No solo tenía buena voz, sino que era muy linda, tenía mucha presencia. Ella se entusiasmó y se anotó. Pero le quiso preguntar a su padre, que estaba en Italia. Le dijo que acá había un concurso y que le encantaría participar. Quería que él le diera permiso. Cuando recibió la carta de vuelta, leyó que el padre le había escrito ‘mia figlia, o Belgrano o io’. Y no cantó. Podría haberlo hecho y seguro ganaba.

¿Cómo se le ocurrió hacer música infantil?
Me encantó cómo se dio todo. Los milicos me prohibieron canciones como Que se vayan ellos, Para el pueblo lo que es del pueblo o Los americanos. Entonces me dije, “hagamos algo que no se puede prohibir”. Me acordé del padre Alejandro Mayol, a quien conocí en el seminario. Era un personaje. Lo veía jugar con los chicos y lograba atraparlos con sus canciones. Me enseñó que los pibes son el público perfecto, o les gusta o no, son sinceros. Así que gracias al milico que me quiso censurar terminé haciendo el disco más vendido de mi carrera, Sinfonía inconclusa en la Mar. Luego empezamos a hacer una ópera para chicos que estaba muy buena, pero después del golpe militar de 1976 hubo que salir corriendo de la casa, fue mi hermana y me sacó. Ella me salvó. 

¿Cómo fue esa experiencia de partir al exilio?

Mi hermana tocó la puerta y me vino a avisar, eran las 4 o 5 de la mañana. Ella tenía un exnovio que era hijo de un comisario que le contó que me querían secuestrar. Ella vino muy asustada, estaba muerta de miedo, pero me vino a avisar para que haga las valijas y me raje. Me acuerdo que ella lloraba y metía mis cosas en una valija. Lo llamé a Alberto Puig, que vivía del otro lado de la avenida, cruzando un túnel. Desde ahí, miramos mi casa y vimos dos Ford Falcon en la puerta. Yo le decía a mi hermana “qué onda eso de que me busquen, si yo no jodo a nadie, no me gusta meterme en política, capaz hago una cosa con uno o con otro por simpatía, pero no estaba con esa impronta”. El asunto era salir. Saqué un pasaje a Panamá.
El avión salía a las 5 de la tarde de ese día. Fui con Arturo y un grupo que me acompañó. El vuelo se retrasó dos horas, después dos horas más. Nos mirábamos todos. Cada puerta que se abría era una posibilidad de que me detengan. El aeropuerto de Ezeiza era chiquitito. Finalmente, el vuelo salió a las doce y media de la noche. Esas horas fueron terribles. Hasta que finalmente salimos, el avión empieza a carretear y levanta vuelo. De repente, se escucha que dicen que por desperfectos técnicos vamos a volver. Volvimos y no hubo problemas; volvimos a despegar al rato. Es muy duro contártelo. Durante el exilio, afortunadamente la pasé bastante bien, sobre todo cuando me trajeron a mi hijo Juan para que se quede conmigo en el Molino en donde estaba, a las afueras de Madrid, donde no tenía ni agua ni luz y cultivaba la tierra.

¿Cómo siguió con el tema de la música infantil?
Hubo una segunda parte que fue Cachuso rantifuso, con Marilina Ross y Juan Carlos Baglietto. Cachuso no es ni blanco ni negro, ni malo ni bueno, ni loco ni cuerdo. Es toda una historia sobre la identidad. En los últimos años empezamos a tocar de nuevo los temas de La Sinfonía inconclusa en la Mar, incluyendo una puesta en escena con danza, teatro y artes plásticas. Se genera algo muy extraño, es hermoso. Vienen a ver el concierto abuelos, padres, madres, tíos y niños de todas las generaciones. Se saben todas las letras de todas las canciones, se ha hecho toda una complicidad. Antes de los conciertos, siempre les digo que traigan instrumentos para la paz. Y que los traigan afinados, si no, no sirven para la paz. 

¿Pensó en hacer dibujos animados basados en esa obra?
Nos encantaría. Carlos Nine hizo la tapa en su momento. Tenemos bocetos y dos productoras trabajando. 

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El Papa Francisco me ve y me dice: ‘¡Hey, Piero!’. Y me contó que elogió la fuerza que tiene mi canción Mi viejo. Me contó que al escucharla se pudo reencontrar con su padre”.

Volvamos a la época previa al exilio, ¿cómo fue su experiencia de combinar psicoanálisis con LSD?
Fue muy interesante, todo un aprendizaje. Es difícil de contar, hay siete caminos y no sé por dónde seguir… Te puedo contar que me atendía la psicóloga Luisa Sussman. Yo iba y venía, llegaba tarde. Le dije que quería salir de esta sin escaparme por la ventana. Hasta que me comentó que se podía hacer terapia bajo los efectos del ácido lisérgico. Yo le dije que quería probar. Me advirtió que antes había que hacer todo un laburo, y cuando estuve más o menos armado, fuimos a lo de su maestra, la doctora Elba Izarduy, a quien le decíamos ‘la Gorda’. Era un lugar muy acogedor, así tranquilo como acá. Entonces vino ‘la Gorda’ y me dieron un gotero con ácido. Yo estaba sentado en un sillón y sentí que al lado mío había un vacío, un abismo. Le digo que me den otra dosis. Entonces me dieron un poquito más, no una dosis entera. Me pegó muchísimo. Había plantas. Yo me acercaba y me quedaba mirando, sentía cómo respiraban. Me decía: “¡Qué pelotudo, ¿cómo nunca me puse a ver esto?, ¿dónde estaba?!”. Después pusieron la foto de mi viejo y mi vieja. Los recarajeé. Los puteé por no mandarme a estudiar más y por un montón de cosas. Después caí en la cuenta de que ellos tenían menos estudios que yo. Mi viejo era radiotécnico y apenas había hecho la primaria. En la misma sesión, después de enojarme con ellos, los adoré. Y lloré mucho.

¿Usted es de llorar?
Últimamente un poco más. De emoción. Puede ser una boludez que está atada con otras cosas y tienen otra fuerza. Ahora me acuerdo de una vez que lloré por mucho menos. Fue en un concierto en Flores (tradicional barrio porteño). Yo tenía 22 años y venía tocando, pero no era tan conocido aún. Llegué para tocar y me dijeron que había mil personas. Estaba lleno.
Yo pregunté: “¿Cómo es?, ¿quién viene a tocar?, ¿Palito Ortega, Lalo Fransen, Violeta Rivas?”. Y me contestan: “No, hoy tocas vos solo”. Eso hizo que me replantee todo y me vaya al escenario. Lloraba y cantaba. Y le dije al público: “Yo voy a hacer uno de ustedes, la voz de ustedes”.

¿Sigue practicando yoga?

Sí, es algo que te limpia, te ordena y te regula, tanto a nivel físico, mental y espiritual. Mi hija Fiorella resultó ser una luz. Tiene una fuerza… Es como que ella es mi profesora, hacemos yoga juntos. Se suma algún que otro amigo de la época de Indra Devi. También leemos juntos con mi hija los libros de Indra Devi, que son excelentes. Ahora estamos leyendo un libro de David Bowie, que resultó ser un personaje que se metió con esa parte también. Desapareció, volvió y se conectó de nuevo muy bien.

¿Cómo fue su encuentro con el Papa Francisco?
Nos conocíamos porque estuve en el seminario, conocí muchos curas, aunque se van yendo. Lo contó muy bien Maureén en el libro. [Se refiere a Piero, mi querido Piero, la completísima biografía escrita por la periodista colombiana Maureén Maya Sierra, y publicada con Ediciones B, ahora parte de Penguin Random House]. Fuimos a la Basílica de San Pedro, la iglesia donde el Papa recibe a la gente. Yo estaba haciendo la fila, filmando para atrás. De pronto me llaman por el nombre, había mucha gente. El Papa Francisco me ve y me dice: “¡Hey, Piero!”. Y me contó que elogió la fuerza que tiene mi canción Mi viejo. Me contó que al escucharla se pudo reencontrar con su padre. Es un ser muy luminoso.

¿Para un músico viajero como usted, qué papel juega Colombia en su trayectoria?
Se me vienen muchos recuerdos. Hace unos años fuimos a Guapi, en Cauca. Era una zona pobrísima. Para llegar teníamos que tomar un avión, andar por la ruta y en lancha. Fuimos ahí a llevar regalos para Navidad. Me encanta el abismo. El cura no podía creer que hayamos ido. El pueblo se revolucionó. Antes, hicimos conciertos a beneficio y juntamos 10 camiones de juguetes. Otro recuerdo fuerte es de hace poco, cuando tocamos en el 2019 en la Universidad de Antioquia. Toqué en el mismo lugar donde hace 25 años atrás no me dejó entrar la policía. Ahora canto para los hijos o los nietos de quienes estaban ahí.

Piero en BOCAS
Foto:

Archivo Personal. Piero/ Maureen Maya

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¿En qué otro lugar tuviste problemas para entrar?
Una vez, en la oficinita de migraciones, el oficial me dice: “Así que usted es el cantante de protesta” [imita a la perfección el acento chileno]. Le contesté: ‘Es de próstata; fue un error de imprenta’. Y me preguntó por la canción Llegando llegaste. “No habrá llegado del exilio ese huevón”, dijo el oficial.

¡Qué bien le sale el acento!
En Allen hay muchos chilenos, conocí a muchos cuando trabajé sellando cajones de frutas.

¿Y en Estados Unidos cómo le ha ido? 
A mí me gusta viajar a Estados Unidos porque cuando toco, en la platea de un teatro hay personas de 20 países distintos. Eso vale, es muy difícil de lograr. Es como tener una muestra en chiquito de la patria latinoamericana.

¿Qué sucede cuando toca en Argentina?
Hace poco tocamos en Comodoro Rivadavia [ciudad patagónica ubicada frente al Atlántico]. Hubo momentos, climas muy lindos. Fuimos a tocar por el aniversario de la Guerra de las Malvinas, junto con Alejandro Lerner. Había unas 20.000 o 30.000 personas. Es muy reconfortante reencontrarme con mi público. Tengo ganas de meterles a los conciertos en Argentina. Me gustaría hacer el recital común y el de chicos. Vamos a ver, seguramente pronto haya novedades. Estoy con ganas de redondear, de tocar. Todavía no hicimos lo mejor, recién estamos arrancando.

¿Se considera un cronista musical?  
Sí. Soy un juglar de la historia.

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El actor Tom Cruise es la portada de la edición #118 de la Revista BOCAS.

PORTADA BOCAS 118

El actor Tom Cruise es la portada de la edición #118 de la Revista BOCAS.

Gracias por leernos. 
Entrevista por Tomás Eliaschev
Fotos Pablo Stubrin
Revista BOCAS
Edición 118 Junio-Julio 

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