Cuento de fútbol: Todo por amor, del libro Finales que matan – Fútbol Colombiano – Deportes


Efraín ya no se va a levantar de la cama. Eso es lo que le dicen los médicos a Graciela, su esposa, y ella no los quiere escuchar. Piensa que hay que darle más tiempo, esperarlo un poco más. Con esa convicción es que lo visita todos los lunes en la unidad de cuidados intensivos del hospital Santa Teresa. Lo hace con religiosa puntualidad, a las nueve de la mañana, como si se tratara de un ritual. No sabe si él la escucha, sospecha que no, pero quiere creer que sí. Ese dialogo sin respuestas es la única forma que encontró para sobrellevar su ausencia, para sentirlo cerca. Además, está convencida de que eso que le cuenta cada semana, cerquita al oído, como si fuera un cuento para dormir, a él le interesa más que cualquier otra cosa, incluso más que el estado de postración en el que está.

Graciela ya no se martiriza pensando en el carro que arrolló a su marido en la esquina de la calle Milagros, a solo dos cuadras de su casa, y que lo dejó en un coma profundo. Ahora lo único que anhela es que el hombre que ama aguante un poco más, que no se rinda todavía. Efraín parece estar de acuerdo, porque aunque sigue inerte en ese vacío al que se llevó las palabras, los silencios, las risas y los besos, aún no se va del todo. Es como si algo le faltara. Y solo Graciela sabe lo que es. Lo comprendió un domingo en la tarde cuando se sentó en el sofá frío de su casa, ese que le recordaba la rutina de su esposo, y vio en el televisor que empezaba un partido de fútbol del Atlético Policarpa, el equipo al que Efraín le ha dedicado su existencia, con la ilusión de que algún día gane el campeonato.

Mientras estaba en casa, Efraín siempre repetía que no quería morirse sin ver a su equipo campeón. Le decía a Graciela que si se le hacía el milagro, podría irse tranquilo el día que le tocara. Lo decía así, como si presintiera la fatalidad que lo esperaba en esa esquina. Por eso la angustia lo consumía después de cada derrota, cuando los años pasaban y él perdía las fuerzas y hasta las ilusiones, porque las probabilidades de su equipo siempre han sido mínimas. Efraín se entusiasmaba con alguna victoria, pero como eran tan efímeras, volvía rápido a la realidad, a sufrir con esos jugadores que solo alimentaban su nostalgia y su vejez. Eso sí, nunca se perdía el partido del domingo, así fueran en el último lugar de la tabla, así perdieran por goleada, con esa esperanza que tienen los hinchas más fervorosos y que Graciela hasta ahora empieza a entender.

Cada domingo, en sus cuarenta años de matrimonio, había sido una rutina para ella. Su marido se sentaba en el sofá a ver los partidos, sin volumen, porque prefería escucharlos en un radio transistor amarillo, con un audífono pegado al oído. Graciela no entendía por qué lo hacía, pero como eso era parte del ritual de su marido, nunca le preguntó. Y menos en pleno juego, cuando Efraín estaba tenso, iracundo, cuando lanzaba patadas como si quisiera entrar al televisor y hacer los goles que sus jugadores no hacían. En esos momentos Graciela permanecía a una distancia prudente. No opinaba para no irritar más a su esposo. Así es como lo recuerda ahora y así es como lo extraña. Daría lo que fuera por verlo de nuevo dando alaridos en la sala. Es por eso que no se iba a quedar cruzada de brazos. Decidió comenzar a visitarlo todos los lunes en el hospital para contarle, con detalle y precisión, las incidencias del Atlético Policarpa: el resultado de cada partido, cómo jugaron sus futbolistas, cómo fueron los goles, la posición del equipo en el campeonato… Todo. Graciela se convirtió en ese radio amarillo.

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 ***

Este ya es el quinto partido que Graciela le va a relatar a Efraín. Se ha cogido confianza, no como en los cuatro anteriores juegos, en los que se sintió avergonzada por su ignorancia en el fútbol. Ahora se acerca al oído de su marido con más propiedad, aclara la garganta, le agarra la mano flaca y pálida y comienza a narrar, con una voz dulce, casi maternal —nada que ver con los relatores deportivos que ahora sigue con devoción— lo que pasó en ese quinto partido del Atlético Policarpa que su marido tampoco pudo ver:

Efraín, escúchame bien. Ayer fue un partido complicado. Tu equipo no encontraba cómo desenredar su caos en ataque. Aunque no te angusties, eso fue solo al principio. No se sabe cómo, pero Policarpa recuperó la esencia en el segundo tiempo. Sí, ya sé que me dirás que estos jugadores sin alma no tienen esencia, pero créeme, el equipo comenzó a jugar con mayor claridad, con pases sincronizados, con centros precisos, ‘puro trabajo de la semana’, dijo el relator ese de apellido Bermúdez que tu escuchabas en la radio, porque, ¿sabes?, ahora yo también lo escucho mientras veo los partidos. Fue cuando el tal Matute, ese delantero al que tanto te encomendabas para que hiciera gol, ¿te acuerdas?, pues tuvo un partidazo. Me hubiera gustado que lo vieras con tus ojos. Recibió un centro, saltó y le metió la cabeza a esa pelota. Bermúdez, que hasta ahora me entero que le dicen el Rey, dijo que cabeceó como los dioses, no creo que exagerara, a mí, que soy menos exigente que tú, me pareció un golazo. Fue victoria, 1-0. Y si llevas bien las cuentas, sabrás que esta fue la quinta en cadena. Quince puntos en la tabla. Así que todo marcha bien en tu ausencia. Pero no te acostumbres. El equipo necesita de tu aliento, y yo necesito de tu compañía… La sala de la casa está muy sola, fría y silenciosa… Me haces falta… Nos vemos el otro lunes…”. Graciela finalizó su relato con la voz quebrada, aguantó para no llorar, para no derrumbarse, para que él no la sienta así, para no dañar ese momento especial. Le dio un beso en la mejilla estirada y se marchó con pasos silenciosos, como si fingiera que él estaba dormido y no quisiera despertarlo, o como si él estuviera en la sala viendo el partido del Policarpa y ella no quisiera interrumpirlo.

Finales que matan

Libro de cuentos de fútbol, Finales que matan.

Al décimo partido Graciela ya estaba más enterada del tema. Al principio solo escuchaba los resúmenes en el radio y leía las crónicas de los diarios antes de visitar a Efraín para llegar bien informada. Ahora se sienta a ver de principio a fin el partido en la misma silla que abandonó su marido, toma apuntes, también grita y se contorsiona. Allí, en esa soledad, imagina que él está junto a ella. Incluso piensa que ahora podrían discutir las jugadas. Habla en voz alta, aunque esté sola, amargamente sola. De todas formas no tiene nada más que hacer un domingo en la tarde. A eso la acostumbró su marido. Ahora recuerda con nostalgia cuando había un gol del Policarpa y Efraín corría por la sala, tumbaba el florero, tiraba la lámpara, y la abrazaba fuerte, “un abrazo de gol”, decía él, “como los jugadores en la cancha, como los hinchas en las tribunas”. Ella le devolvía el gesto, aunque sabía que en cuanto su marido volviera a la silla, iba a maldecir otra vez a los jugadores. Graciela extraña esos momentos. Por eso nunca ha dudado en ir a visitarlo. No piensa claudicar. Los lunes, así caiga un diluvio mañanero, ella se levanta animada, se perfuma, toma el bus que la deja a dos cuadras del hospital Santa Teresa, compra rosas rojas, que son sus favoritas, y llega muy puntual. Ya nadie se fija en su presencia en esa habitación, es como un ser invisible, como un fantasma que visita a otro fantasma.

“Efraín, no me lo vas a creer, todo el mundo habla de tu equipo. Parece que al fin va a ser campeón, y no creas que es por suerte, no, no, no, es por sus méritos, por la lucidez de su juego. Ayer ganó otra vez y ya parece que nadie puede derrotarlos. Este triunfo fue especial porque fue en el clásico contra el Deportivo Lucerito, y sé que ese es el partido que más esperas en cada temporada, el que te desvela, el que consume tus energías, el que nunca pudiste celebrar porque tu equipo nunca lo ganó… —Graciela hace una pausa, pasa saliva, aclara la garganta y mira el rostro de Efraín, que no se inmuta, aunque ella añora verle una sonrisa, un parpadeo, una lágrima—. Pero escúchame con atención. Ayer fue diferente. El Matute se ha tomado confianza. Comenzando el partido le metieron un pase largo y corrió como una liebre, lo hubieras visto, no hubo quién pudiera detenerlo. Ahora entiendo porque lo llaman el Relámpago Matute. El caso es que alcanzó la pelota justo cuando el arquero se lanzaba a sus pies, lo eludió de manera fantástica y pateó al arco. El balón se demoró una eternidad en llegar a la portería, si lo hubieras visto te habría dado algo, te conozco, pero entró y fue el primer gol. Y después anotó otro, y otro más. Y luego el arquero, ese que le dicen el Gato y que tú tanto admiras, atajó un penalti con una estirada felina. Así que fue 3-0. Sí, Efraín, como lo oyes, ¡3-0! Tu equipo ganó el clásico que nunca ganaba contra Lucerito y por goleada. Así que —saca una libreta y revisa sus anotaciones con esfero rojo que lleva con riguroso orden— Policarpa tiene tres puntos de ventaja sobre Lucerito, los dos se pelean el liderato y pintan para finalistas, ¿te imaginas una final contra ellos?”. Graciela, que esta vez se demoró más de lo habitual en la visita, se quedó mirándolo, le acarició la frente que ya se traga su cabello cano, recorrió sus párpados arrugados, pasó la mano por su rostro flaco y peludo, extrañó el rubor de sus mejillas y la papada que ahora se extingue. Quiso contarle cosas de su vida, lastimada por la rutina, por la soledad, pero se contuvo. Para qué, si igual a él no le interesa saber nada diferente al Policarpa. Es hora de irse. Besa su mano reseca, lo arropa con la manta blanca y sale en silencio de la habitación. Se pregunta si este será el último lunes o si habrá otros.

—¿Cómo lo ha visto, doctor? —le preguntó en el pasillo al médico de turno.
—Igual, señora. Nada ha cambiado —le respondió el médico como si no quisiera generar falsas esperanzas.
—Dígame, ¿usted cree que él me escucha? —Los estudios dicen que en estos casos de inconsciencia el paciente sí escucha, pero recuerde que su estado está muy avanzado. Ha pasado tiempo y no hay respuesta. Lo mejor es que vaya a su casa y medite cómo vamos a proceder.

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Dos semanas después de su última visita, nada ha cambiado en esa habitación. Efraín está lleno de cables y aparatos que Graciela no sabe para qué sirven, las persianas están entreabiertas para que entre algo de luz y ese cuarto de hospital no parezca una funeraria. Hay rosas rojas, frescas. La enfermera entra, mira el monitor, anota algo en una tabla y sale. No dice nada. Ni siquiera voltea a mirar a Graciela que está sentada junto a la cama de Efraín, como lo que es, una cómplice de ilusiones. A ella no le importa esa indiferencia, prefiere estar sola para darle a su marido las últimas noticias:

Ya sé que te burlarás de mí por esta rara pasión que ahora me atrapa, pero qué puedo hacer si ese Policarpa es lo único que me mantiene aferrada a ti

“Efraín, no me lo vas a creer. Sé que estás ansioso. Te lo voy a contar despacio. Ayer fue uno de los partidos más difíciles que he visto. Casi empezamos perdiendo. —Ella ya se incluye con propiedad, es decir que ya está inmersa en ese mundo—. Fue con un penalti. No sé cómo a ese desgraciado árbitro le dio por pitar esa falta. Tú no lo hubieras soportado, estoy segura. Te hubiera dado un infarto… El caso es que nuestro arquero se lanzó con toda su agilidad gatuna y evitó el gol. Y eso debió entusiasmar a Matute. Si lo vieras, dejó en el camino como a cinco jugadores rivales. El relator Bermúdez dijo que parecía que escondía la pelota debajo del pasto, a mí eso me dio risa, pero es que en serio ese balón ni se veía. ¡Qué jugador es ese! La prensa ya dice que es el mejor en todo el país y que se lo van a llevar para el exterior, ¿te imaginas? Y tú que decías que ya estaba cerca del retiro. Pues te cuento que está más vigente que nunca. Llegó al área y anotó un golazo. Ese fue el 1-0, Efraín, y con ese triunfo pasamos a la final. Sí, como lo oyes, ¡a la final! Es este domingo, un solo partido entre los dos mejores del campeonato, el todo o nada, la gloria a nuestros pies. Quisiera que pudieras ver todo lo que hemos conseguido. Ya sé que te burlarás de mí por esta rara pasión que ahora me atrapa, pero qué puedo hacer si ese Policarpa es lo único que me mantiene aferrada a ti… Y sí, estoy llorando, y te pido que no me compadezcas… Aquí lo importante es que no te vas a perder ese momento que tanto has esperado durante toda tu vida, porque aquí está tu Graciela para llevarte todos los detalles. Bueno, ya me despido, será una semana larga. El lunes espero traerte buenas noticias. Ah, casi lo olvido, la final es contra… ¡Lu-ce-ri-to!”. La cara de Efraín sigue rígida, imperturbable, aunque a ella le parece que se contrae, que esboza una mueca, ¿acaso es un conato de sonrisa?

***

Finales que matan

Libro de cuentos de fútbol de Pablo Romero.

Graciela llega puntual, como todos los lunes. Le estampa el beso en la mejilla a Efraín y lo abraza efusivamente. Uno de esos abrazos como los que él le daba en la sala cuando había un gol de su equipo y tiraba la lámpara y el florero. Ella se acerca a su oído helado y empieza a darle las noticias sin perder tiempo: “Sé que has estado muy impaciente, yo también lo he estado por venir a contarte. Ayer fue una tarde maravillosa. Con un sol espléndido. Una de esas tardes de fútbol que tanto te gustan, aunque nunca ibas al estadio. Las tribunas se veían hermosas en la televisión, con tanta gente emocionada. El partido fue muy difícil. A Matute lo tuvieron bien marcado, ya sabes, así pasa con las estrellas, pero cada que se liberó creó opciones de gol. Y en la última jugada, cuando ya parecía empate, recogió la pelota en la mitad de la cancha y avanzó con ella como el relámpago que es. Era como un destello que parecía quemar a sus rivales, porque nadie se atrevía a quitarle el balón ni a tocarlo. Sé que me crees porque ya te he contado todas las hazañas que ha hecho Matute en este campeonato, pero lo que no me vas a creer es lo que hizo después: al llegar al área lo derribaron con una patada criminal. Si no le partieron las piernas es porque las tiene de hierro, es que ahora parecen más gruesas y musculosas. No es que me importen sus piernas, no pienses mal de mí, pero es que me acuerdo que decías que su gran defecto es que era un debilucho, que era muy liviano y se la pasaba en el piso. Pues fue penalti, penalti, penalti, así gritaba el Rey Bermúdez en el radio, aunque el árbitro se demoró un montón en pitarlo, es que pusieron a un muchachito inexperto y no sabía qué hacer. Pobre. Casi lo golpean para que se decidiera rápido. El caso es que lo pitó, y el muy valiente del Matute, que sin duda jugó el mejor partido de su carrera, se levantó, acomodó la pelota y pateó con esa misma pierna herida, con tal precisión que el arquero, que no se parece en nada a nuestro Gato, no pudo taparlo. ¿Puedes creer? La gente se volvió loca en las tribunas. Y ni te cuento por Bermúdez gritando el gol como un demente, yo creo que es hincha de Policarpa. El caso es que ahí se acabó el partido. Y sí, Efraín, sí es lo que estás pensando, y sé que sonríes aunque no lo hagas, y sé que lloras y tu llanto escondido es de felicidad, y sé mejor que nadie que llevabas toda la vida esperando este momento. Efraín, tu equipo, que ahora también es el mío, al fin es campeón…”.

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En ese momento una lágrima resbala por la mejilla de Efraín, es una pequeña gota que brilla en la cara y deja un rastro húmedo. Graciela se la limpia con su mano trémula. Le da la impresión de que el pecho de su marido se contrae, como si hubiera suspirado, pero no está segura. Lo que sí siente, con toda certeza, es que la mano blanca está más helada y un poco tiesa. Es cuando un frío extraño recorre su cuerpo. Un pito atroz sale del monitor y ella suelta la mano de Efraín. Los médicos entran corriendo y de inmediato detectan lo que sucede. “Su corazón no late”, dice uno de ellos, sin percatarse de que Graciela sigue ahí. “No responde”. ¡Piiiiiiii! Graciela suspira, como quien libera una pesada carga. Pudo gritar, pudo desgarrarse en lamentos. No lo hizo. Solo piensa que su marido al fin se va a descansar y en el momento oportuno, con esa alegría liberada. “Reanimación, reanimación”. ¡Piiiiiiii! Ella se retira caminando de espaldas, sin hacer ruido, y mira el cuerpo inerte de Efraín bajo esa sepultura de sábanas blancas, como si quisiera memorizar su cara para siempre, como si ambos se despidieran con una complicidad. ¡Piiiiiiiii! Graciela mira su propia mano, la lágrima viva sigue en sus dedos. Por primera vez duda y se pregunta si hizo lo correcto. Trata de convencerse de que sí, porque todo lo que hizo fue por el amor que le tiene a ese hombre, el que al fin acaba con este suplicio y se marcha con una felicidad eterna. Sí, ahora está segura de que hizo bien. Ya qué importa que el Atlético Policarpa sea un equipo mediocre que llegó a la final con más suerte que lucidez, y que la perdiera justo contra el Deportivo Lucerito, al que sigue sin poder ganarle… Y qué más da que el tal Matute, que ya está viejo y acabado, jugara el peor partido de su carrera y hasta cometiera un penalti en el último instante del partido… Tampoco vale la pena acordarse de ese arquero cobarde que ya no es capaz ni de moverse… Ya no más, ya no quiere pensar más en eso del fútbol. A partir de ahora va a enterrar para siempre ese domingo en la tarde cuando todo empezó, cuando ella, sentada en el sofá frío de su sala, frente al televisor sin volumen y con el radio prendido, decidió que el equipo de Efraín por fin iba a ser el campeón.

*Todo por amor hace parte del libro ‘Finales que matan, cuentos de fútbol’, publicado por el periodista Pablo Romero, redactor de Deportes de EL TIEMPO.

¿Dónde se consigue?

El libro ‘Finales que matan, cuentos de fútbol’ se distribuye de manera independiente a través de redes sociales:

Twitter: @PabloRomeroET
Instagram: Pablo.romerom

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