Nilofar Bayat, capitana de la Selección de Afganistán huyó de los talibanes – Otros Deportes – Deportes


El misil impactó la casa de Nilofar Bayat durante una tarde de 1995. Ella, por entonces una bebé de dos años, tuvo que ser trasladada de emergencia a un hospital en Kabul, la capital de Afganistán, debido a los efectos de la explosión. Su hermano, algo mayor, falleció. Tras poco más de 360 días de cirugías y esfuerzos clínicos, Nilofar quedó con una lesión en la médula espinal que reduciría su movilidad para siempre. Sin embargo, lo peor, como empezó a comprobar a medida que crecía, fue que a su salida del centro médico la tierra de los afganos ya estaba en poder de los mismos hombres que lanzaron aquel cohete contra su hogar: los talibanes.

Entre 1996 y 2001, el primer periodo del régimen fundamentalista, Bayat vio cómo las mujeres debían cubrir la totalidad de sus cuerpos con burkas. También presenció cómo ninguna podía salir de su casa si no era en compañía de algún hombre. El hecho de que la televisión, el cine, la música y cualquier forma de entretenimiento estuviesen vetados seguramente también la impacto. Pero ella ya sabía de sobra el alcance de los talibanes.

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Nilofar Bayat

Nilofar Bayat, basquetbolista de Afganistán.

Con el cambio de gobierno, tras la invasión de Estados Unidos posterior al atentado del 11S, la joven afgana cursó su bachillerato y luego fue a la universidad. Durante esa especie de respiro democrático, Nilofar Bayat entró a hacer parte de la oficina del Comité Internacional de la Cruz Roja en Kabul. Dentro de la organización, además de aportar en el centro de rehabilitación física, lideró la creación de la Selección Femenina de Baloncesto en silla de ruedas de Afganistán. Un suceso con muchos muros por tumbar.

En mi primer partido, la mayoría de los hombres que pasaban por la cancha me insultaron. Luego, muchas veces tuvimos que cancelar los entrenamientos por amenazas de ataques. Incluso, varias de las compañeras con las que jugábamos tuvieron que abandonar el equipo después de casarse porque sus maridos les prohibían el deporte”, rememora Nilofar.

A pesar de las dificultades, el equipo afgano femenino de baloncesto adaptado empezó a competir internacionalmente en 2017. De hecho, estuvo cerca de clasificarse para los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020. Sin embargo, para 2021, el año de su realización, Afganistán estaba ante un nuevo punto de quiebre en su historia: las tropas estadounidenses dejaron el país después de 20 años de ocupación. Y en ese movimiento, los talibanes reforzaron su avanzada para volver al gobierno. El pasado 15 de agosto, la fecha de la toma de Kabul, el abandono del presidente electo democráticamente y el regreso a los tiempos más oscuros.

Los talibanes son lo peor que me ha pasado, mi peor recuerdo.

“Los talibanes me matarán. Hay muchos videos míos jugando baloncesto. He sido muy activa por los derechos de las mujeres y los de las mujeres con alguna discapacidad. A ellos no les gustan las mujeres como yo. Tengo miedo porque hasta hace 20 años ellos gobernaban Afganistán, y fue entonces cuando me hirieron y quedé en silla de ruedas. Los talibanes son lo peor que me ha pasado, mi peor recuerdo”, reflexionó Bayat, a sus 28 años, hasta llegar a la única opción que le quedaba: escapar.

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Huir para sobrevivir

En medio de la tragedia que se vivió en el aeropuerto de Kabul entre el 15 y el 30 de agosto, con ciudadanos desesperados aferrándose a las corazas de los aviones para intentar partir, madres entregando sus hijos a soldados extranjeros tratando de augurarles un futuro y milicianos talibanes disfrutando el desconsuelo de la población, la angustia de Nilofar se resumió en el mensaje que le envió a Antonio Pampliega, periodista español que había conocido tiempo atrás: “Mi vida se acaba, Antonio. No me puedo quedar aquí”.

El reportero, curtido en el trabajo en zonas de conflicto, compartió el texto en redes sociales y despertó el interés de funcionarios del Gobierno de España que ofrecieron ayuda para evacuar a Bayat y su esposo, Ramish Nakzai, capitán de la selección masculina de básquet en silla de ruedas de Afganistán y quien también sufre de una discapacidad a causa de la guerra.

La hoja de ruta in extremis establecía que Nilofar y Ramish debían llegar al aeropuerto buscando a un representante español. Sin embargo, en un primer momento, ninguno apareció.

“Me mandan a Alemania, Antonio”, le alcanzó a decir Bayat, desesperada, a Pampliega, mientras los talibanes abrían fuego.

Tras temer lo peor, aguantar hambre durante horas, dormir en el suelo y perder sus pertenencias, la pareja de capitanes de Afganistán fue ubicada por el personal de España un día después de lo esperado. En adelante, con el ánimo de sobrevivir, el inicio de otro camino. Uno imposible de ser considerado nuevo por seguir anclado a la misma realidad.

Un corazón dividido

A diferencia de la mayoría del cuarto de millón de afganos que huyeron de la reciente invasión talibán, Nilofar y Ramish tenían la certeza de que alguien los aguardaba fuera de sus fronteras. En Bilbao, a más de 6.000 kilómetros de Kabul, el plantel del Bidaideak Bilbao BSR, uno de los equipos más exitosos de la liga local de baloncesto adaptado, estaba dispuesto a acoger a la pareja por iniciativa del presidente Txema Alonso. “Un club como el nuestro solo tiene sentido desde los valores”, le dijo el dirigente en su momento al diario ‘El País’, resaltando que les ofrecía un hogar y un trabajo a Nilofar y Ramish.

Sin mucho que pensar, la pareja aceptó la propuesta. Y en los últimos 10 meses, ambos han experimentado el alivio de estar con vida. De hecho, en la temporada pasada, que terminó hace un par de semanas, el Bidaideak salió campeón de la Copa del Rey. Ellos no pudieron jugar por no contar con la licencia oficial para hacerlo, pero vivieron el triunfo como propio. Aun así, en medio de esos motivos para celebrar, Nilofar ha estado lejos de sentirse del todo bien.

“Han pasado 10 meses que parecen mucho tiempo, pero a la vez son muy poco. Todavía no logro encontrarme en España porque mi país sigue en guerra. La tragedia no ha terminado en Afganistán. Los talibanes matan civiles todos los días y el mundo no hace nada. La presión cada vez es peor para las mujeres. Es muy difícil seguir así”, le confiesa Bayat a EL TIEMPO.

“Todavía tengo muchos problemas con los idiomas, porque además del español está el vasco y no domino ninguno de los dos. Nadie puede entender cómo mi vida está llena de presión y lo nerviosa que me siento. Todo es nuevo para mí, y yo todavía no consigo entender cómo comportarme con los demás e integrarme en la sociedad”, añade.

Nilofar cuenta que todavía los tiroteos de agosto se reeditan en sus sueños. El hecho de estar en capacidad de contar su historia no implica que haya olvidado lo sucedido. Ni mucho menos lo que todavía ocurre. Sobre todo cuando su familia sigue luchando por sobrevivir en Afganistán.

Yo vi con mis propios ojos cómo mi país fracasó. Vi cómo los talibanes le dispararon a la gente. Vi cómo mataron a mi primo pequeño una semana antes de que se tomaran Kabul. Todo lo que vi ha cambiado mi vida, y todavía me cuesta demasiado aceptarlo. En Afganistán la gente está batallando para mantenerse a salvo. El mundo olvidó mi país. Mi familia y mis amigos viven una situación terrible. Ahorita no tienen comida, no hay hospitales, las mujeres no pueden hacer nada. El nombre del único lugar en el que pueden estar es ‘casa’, pero en realidad es una cárcel”, señala Bayat desde Bilbao.

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Esperanza inquebrantable

En la parte deportiva, Nilofar está ilusionada porque la próxima temporada, ya con autorización, se convertirá en la primera mujer de Afganistán en integrar un equipo mixto. Algo impensado para la sombra que nubla su país. “No es fácil porque nunca había jugado con hombres, pero estoy aprendiendo y creciendo cada día más. Además, que es una oportunidad para demostrar que las mujeres somos igual de fuertes. Tengo que mejorar mucho mi seguridad porque lo que he vivido me pasa factura. También lo bueno es que puedo jugar en el mismo equipo con mi esposo”.

Como en Afganistán, en Colombia las mujeres son grandes víctimas de la violencia.

Aun así, su verdadero objetivo es seguir clamando por el bienestar de los afganos y el de aquellas naciones en las que las mujeres son víctimas de conflictos armados. Colombia, un país en el que el Centro de Memoria Histórica establece que se registraron 51.919 mujeres víctimas del conflicto armado, entre sus fervorosos pedidos: “La semana pasada, en el Parlamento de Madrid, hablé de las mujeres como grandes víctimas en los conflictos. Por supuesto que hablé de Colombia, cuya paz llevo en mis oraciones, porque sé que ha tenido grandes problemas por el control territorial. Como en Afganistán, en Colombia las mujeres son grandes víctimas de la violencia. Nosotras terminamos siendo desplazadas y somos consideradas armas y ciudadanas de segunda clase en los escenarios bélicos”.

Nilofar no se cansa de repetir que “ser mujer en Afganistán y vivir con una discapacidad es casi una doble maldición”. Aun así, dice, no piensa rendirse en su sueño, algo que conoce muy bien porque nunca lo ha tenido: “Ver un Afganistán en paz”.

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ANDRÉS FELIPE BALAGUERA SARMIENTO
En redes: @balagueraaa
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