La burbuja económica de Egipto se deshincha | Economía


Cuando empezó a ser evidente que Egipto no escaparía de las repercusiones económicas de la invasión rusa de Ucrania, su reacción siguió el patrón de anteriores crisis. Por un lado, el Gobierno lanzó mensajes de calma afirmando que los deberes hechos en los últimos años permitirían navegar el temporal sin mayores contratiempos. Y por el otro, se apresuró a acudir a sus principales aliados, las monarquías del Golfo, para pedir que les inyectaran miles de millones de dólares para estabilizar su frágil economía. Solo ahora, forzado por unas condiciones demasiado adversas, parece El Cairo haber aceptado que el modelo económico perseguido desde hace más de un lustro nunca fue ni sostenible ni sincero. Pero el abasto del cambio de guion que está dispuesto a realizar está aún por ver.

Los países del Golfo hace décadas que juegan un papel central en la economía de Egipto, pero fue sobre todo en 2013, tras la toma del poder del actual presidente, Abdelfatá Al Sisi, que su asistencia, con miles de millones destinados a apuntalar a un régimen aliado, entró en una nueva dimensión. El peso de este apoyo solo disminuyó tras un acuerdo en 2016 entre Egipto y el Fondo Monetario Internacional, que incluyó un préstamo de 11.000 millones de euros a cambio de reformas, y con la entrada de grandes inversores de bonos.

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Tras concluir el programa de reformas en 2019, el FMI y Egipto celebraron haber eliminado los desequilibrios macroeconómicos del país y haber recuperado la senda del crecimiento. Pero la mejora fue en gran parte un espejismo provocado por la acumulación de deuda, sobre todo de corto plazo: de 2016 a 2022, su deuda externa se ha multiplicado casi por tres, y hoy su pago consume más de la mitad de su presupuesto anual.

Esta apuesta por un crecimiento sustentado en la deuda ha sido ampliamente cuestionada por su insostenibilidad y porque crea una falsa sensación de desarrollo que puede distraer con respecto a reformas económicas necesarias. Además, en el caso de El Cairo, el uso de una porción importante de esta deuda para financiar uno de los mayores gastos militares del mundo y macroproyectos de dudoso valor ha generado críticas.

En esta línea, Egipto sigue regido hoy por un sistema de gobierno autoritario, opaco y con políticas económicas en gran medida rentistas que priorizan el control de la economía por parte de la clase dirigente. Y el país sigue careciendo de un sector industrial potente. Por este motivo, su crecimiento en los últimos años no ha sido inclusivo, el sector privado más allá del gas y el petróleo se ha contraído casi cada mes desde 2019, la población activa ha caído, sobre todo entre las mujeres, y las tasas de pobreza han aumentado.

Cambio de rumbo

La fragilidad de este modelo empezó a quedar al descubierto ya a finales del año pasado, y sobre todo a partir del momento en el que las repercusiones de la guerra en Ucrania y los cambios en los mercados financieros se sumaron a las perturbaciones de la pandemia. La fuga de capitales, claves para importar productos básicos como el trigo y la energía, cuyos precios se han disparado, ha sido vertiginosa: 5.000 millones de dólares en los últimos cuatro meses de 2021, y 20.000 millones más en lo que va de año.

La presión provocada por esta fuga llevó en marzo al Banco Central de Egipto (BCE) a subir los tipos de interés, que ya se encontraban entre los más altos del mundo, y a devaluar la moneda local, que se depreció un 17% en un día, para frenar la hemorragia y mantener el atractivo de su deuda. Además, El Cairo lleva meses negociando otro plan de asistencia con el FMI, que según el Gobierno podría ser del mismo tipo que en 2016.

El presidente de Egipto, Abdelfatá al Sisi, en noviembre de 2019.
El presidente de Egipto, Abdelfatá al Sisi, en noviembre de 2019.DPA vía Europa Press (DPA vía Europa Press)

Pero, en paralelo, el Gobierno también ha reconocido la insostenibilidad de su modelo y ha anunciado que quiere pasar a potenciar las inversiones extranjeras y exportaciones para reducir su dependencia de la deuda. Los primeros en acudir a su llamada han sido Arabia Saudí, Qatar y Emiratos Árabes Unidos, que ya han prometido 22.000 millones de dólares

“La situación en general no ha sido buena, y se ha manifestado en indicadores como la fuga de capitales, la necesidad de recurrir al FMI, la negociación con países del Golfo, ya sea para recibir depósitos en el BCE o acordar planes de inversión masivos, sobre todo adquiriendo activos que se han abaratado con la depreciación de la libra, y la inflación”, señala el economista Amr Adly, profesor en la Universidad Americana de El Cairo.

Como parte de su nueva estrategia, el Gobierno anunció en mayo un agresivo programa de privatizaciones por el que espera retirarse de decenas de sectores de la economía para atraer en cuatro años unos 40.000 millones de dólares en inversiones y aumentar en tres años la contribución del sector privado del 30% actual al 65%. Pero sus posibilidades de éxito y la idoneidad de su nueva propuesta quedan también lejos de estar garantizadas.

“Los socios comerciales de Egipto han sido tradicionalmente de la Unión Europea, lo que ahora no hace [el aumento de exportaciones] muy prometedor”, comenta Adly. Respecto a las inversiones extranjeras, el economista considera que son más probables, sobre todo por cómo se está beneficiando el Golfo del aumento del precio de la energía. Pero su impacto, avisa Adly, todavía está por ver. “Si son créditos a corto plazo en forma de depósitos en el BCE no es necesariamente bueno. Y si es a través de la adquisición de activos, también es algo que tenemos que pensarnos”, desliza.

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