En los últimos meses estamos asistiendo a una polémica sorprendente. Por un lado estamos los que cumplimos escrupulosamente con las campañas de vacunación. Por otra están los que se niegan a ello, poniendo en peligro su vida y la de la gente que los rodea. Pero hoy no vamos a hablar de ello sino de otro tipo de controversia también relacionada con el mundo de las vacunas. Triple vírica, cáncer de útero, hepatitis, viruela… la historia de las vacunas siempre ha ido asociada a grandes polémicas. Una de las más grandes fue el descubrimiento de la vacuna de la polio.

José Manuel López Nicolás

En la actualidad se siguen usando dos tipos, desarrollados por Jonas Salk y Albert Sabin, que mantuvieron una auténtica «guerra sucia»

En los últimos meses estamos asistiendo a una polémica sorprendente. Por un lado estamos los que cumplimos escrupulosamente con las campañas de vacunación. Por otra están los que se niegan a ello, poniendo en peligro su vida y la de la gente que los rodea. Pero hoy no vamos a hablar de ello sino de otro tipo de controversia también relacionada con el mundo de las vacunas.

Triple vírica, cáncer de útero, hepatitis, viruela… la historia de las vacunas siempre ha ido asociada a grandes polémicas. Una de las más grandes fue el descubrimiento de la vacuna de la polio.

Actualmente se emplean dos tipos de vacuna contra la poliomielitis gracias a las cuales se ha logrado la erradicación de la enfermedad en la mayor parte del mundo. La primera fue desarrollada por Jonas Salk y consiste en una dosis inyectada de poliovirus inactivados o muertos. La segunda fue una vacuna oral desarrollada por Albert Sabin usando poliovirus atenuados. Alguien podría pensar que el descubrimiento de las dos vacunas es un claro ejemplo de investigación paralela en búsqueda de una solución universal. Nada más lejos de la realidad. Detrás de su historia se esconde una de las pugnas científicas más encarnizadas del siglo XX.

Pulmones de acero, aparatos ortopédicos, pabellones de aislamiento… Lo que empezaba como un resfriado de verano o un dolor de cabeza podía acabar con un niño paralítico de por vida o muerto. Así actuaba la poliomielitis, históricamente conocida como parálisis infantil y hoy en día comúnmente como polio.

Los hechos acontecidos entre 1938 y 1955 marcaron a toda una generación. El presidente de EE UU, Franklin D. Roosevelt -sobreviviente de polio-, alentó a su país a declarar la guerra contra la polio, que se estaba convirtiendo en una epidemia. En 1938, y con la creación de la Fundación Nacional para la Parálisis Infantil (NFIP), se emprendió un esfuerzo masivo de recolección de fondos para costear la atención de los pacientes de polio y la investigación científica. Gracias a la investigación financiada por la NFIP se desarrollaron «vacunas de virus inactivos» y «vacunas de virus vivos/atenuados». El resultado fue un desastre total que provocó no solo la parálisis de algunos niños sino la muerte de varios de ellos. Durante años se siguió investigando en la vacuna de la polio y en la década de los 40 el desarrollo de cultivos tisulares del virus de la polio fue un gran avance. Solamente faltaban los medios económicos necesarios para culminar las investigaciones… y estos los puso la NFIP.

Esta fundación eligió al microbiólogo Jonas Salk para desarrollar la vacuna contra una enfermedad que en 1952 alcanzó su punto máximo en EE UU al registrarse unos 58.000 casos. Fue en ese año cuando Salk desarrolló una vacuna obtenida mediante inactivación del virus de la polio con formaldehido y el 12 de abril de 1955 el Servicio de Salud Pública de EE UU desplegó la vacuna de Salk por todo el país usando como sujetos de estudio los llamados «pioneros de la polio» (alrededor de dos millones de niños a quienes sus padres propusieron como voluntarios para participar en la prueba). El éxito no se hizo esperar. En 1957 el número de casos de polio disminuyó a 5.000.

De la noche a la mañana Salk se convirtió en un personaje famoso pero en la comunidad médica tenía mala fama. Unos lo acusaban de intrusismo (Salk era microbiólogo) y otros de usar resultados publicados por otros científicos para desarrollar su vacuna. De entre todas las voces que se levantaron en su contra destacó la del estadounidense de origen polaco Albert Sabin. «Curiosamente» Sabin investigaba en una vacuna alternativa que empleaba virus atenuados ya que, en su opinión, la vacuna de virus inactivados de Salk era «de todo, menos segura».

En 1960 Albert Sabin anunció que había logrado desarrollar una nueva vacuna antipoliomielítica oral. Como en muchas de las vacunas tradicionales, utilizó formas debilitadas del virus para implantar una infección inofensiva en los pacientes y de esta manera crear inmunidad ante una nueva exposición al virus.

Sabin y Salk se enzarzaron en una guerra tratando ambos de demostrar que su vacuna era más eficaz y segura que la de su oponente. Un triste acontecimiento, conocido como el «incidente de Cutter», comenzó a decantar la balanza del lado de Sabin. Once niños a los que se les había administrado la vacuna de Salk murieron y otros muchos desarrollaron la polio. Aunque la versión oficial fue que existía un lote defectuoso de los Laboratorios Cutter de California, Sabin aprovechó el incidente para recrudecer sus ataques a Salk llegando a afirmar que «una vacuna de virus inactivados para la poliomelitis debe ser segura sin matices. Si se admite que la vacuna puede ser más segura, entonces no lo es suficiente». Incluso Sabin envió una carta amenazadora a Salk acusándole de que jamás tuvo una idea original en su vida.

Después de estos «pequeños problemas», Sabin tomó ventaja. Las ventajas de su vacuna frente a la de Salk eran más que evidentes (suministro por vía oral, más barata…) por lo que en 1957 la OMS decidió lanzar una prueba internacional de la vacuna de Sabin que tuvo gran éxito.

El problema estaba resuelto. Sabin había ganado «su batalla». Pero no hay que olvidar que, hasta entonces, la vacuna Salk ya había salvado a más de 35.000 personas de la muerte o la discapacidad. El debate acerca de cuál de las dos vacunas es mejor no ha cesado desde que se utilizaron por primera vez.

Hoy en día, ambas vacunas se utilizan ampliamente. En los países desarrollados, donde la poliomielitis está erradicada, se suele recomendar el uso de la vacuna inyectable de Salk. Por el contrario en las campañas de vacunación masiva en países en vías de desarrollo se utiliza la vacuna oral de Sabin.

Visto lo visto, ¿de verdad creen ustedes que hacía falta tanto ataque furibundo entre científicos para llegar a este final? No… pero es que a veces la ciencia no avanza a base de bonitas historias.



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