Invento que no sirvió pero causo la muerte de un sastre – Europa – Internacional


Un sastre de origen austriaco se mudó a París a sus 20 años y se ganó la vida atendiendo a clientes coterráneos que visitaban la ciudad luz. Tenía su local cerca de la Ópera de París y tenía talento para coser elegantes trajes para los hombres y mujeres de la alta sociedad de inicios del siglo XX.

Franz Reichelt, el joven sastre, logró sostener su negocio como creador de vestimentas durante diez años. Pero, París siempre ha sido conocida por sus altos costos de vida y no era posible para el hombre mantenerse exclusivamente de su trabajo vistiendo a personalidades francesas y austriacas.

Para esos años, los hermanos Wright estaban desarrollando sus planeadores y aviones, e incluso habían logrado un vuelo exitoso. Pero, con ese avance surgieron nuevos problemas, como por ejemplo ¿cómo hacer que un hombre pudiera bajarse de un avión en vuelo sin morir?

Los comienzos de una idea

Un coronel francés ofreció una cuantiosa suma de dinero para el inventor que lograra resolver el problema de hacer saltos a distancias cortas o en movimiento sin sufrir graves lesiones o morir en el intento.

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Hoy en día, soldados del mundo entero pueden hacer maniobras de salto gracias a los paracaídas. Incluso, muchos civiles han optado por aprender a hacer esto como una práctica deportiva extrema.

Paracaídas

El invento del paracaídas fue patentado en Estados Unidos.

Debido a las dificultades económicas que estaba experimentando Franz Reichelt, decidió aventurarse a crear algún elemento que pudiera frenar las caídas al saltar. No tenía conocimientos de física, pero sabía cómo funcionaban las telas y se aventuró a inventar una versión amateur de un paracaídas.

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Las primeras pruebas que hizo con muñecos dieron resultados diversos, en ocasiones se abría la tela y se frenaba la caída, pero la cantidad de veces que el elemento fallaba en medio del vuelo era comparable a los saltos exitosos.

Ya que las pruebas no eran concluyentes, Reichelt optó por diseñar el paracaídas para ser usado por un humano. Gracias a sus esfuerzos logró construir una especie de capa con alas plegables que tenía un importante excedente de tela, pues la idea del inventor frustrado era que con la resistencia del aire, se desplegara la tela sobrante y así poder frenar la caída.

El salto desde la Torre Eiffel

El traje que había creado Franz Reichelt fue presentado ante el Club de Aviación Francés, que rechazó prontamente su invención, pues además de no tener constantes resultados exitosos, pesaba más de 70 kilogramos.

Paracaídas

Actualmente incluso se práctica como deporte.

Aunque los miembros del Club de Aviación Francés intentaron convencerlo de rendirse, el sastre decidió seguir adelante con sus pruebas. Tanto así, que en 1911 decidió hacer un salto a 8 metros de altura. Sin embargo, su artilugio falló, como en la mayoría de ensayos previos, y cuando cayó se partió la pierna.

En su terquedad, Reichelt estaba convencido de que el problema había sido la altura del salto y decidió repetir la hazaña, pero esta vez desde la Torre Eiffel, el lugar más reconocible de París. Según contó el sastre a sus amistades, había obtenido permiso de la Policía parisina para efectuar los saltos.

El 4 de febrero decidió lanzarse con su ingenio, que asemejaba a un paracaídas, desde la torre. Lamentablemente, como lo dictaban los resultados obtenidos hasta el momento, en esta ocasión también falló su inventó y cayó directo a la tierra congelada.

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Antes de que pudieran llegar bomberos a la escena, ya se había partido uno de sus brazos, una pierna y estaba sangrando por la boca. Al parecer, su columna se había reventado con el impacto.

Las autoridades aseguraron que no habían autorizado estas pruebas, pues habían entendido que las realizaría con muñecos y no él mismo. Curiosamente, unas semanas después alguien inventaría en Estados Unidos un prototipo exitoso para el paracaídas moderno.

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