Juan Pablo Nahuel es líder de la organización humanitaria internacional Médicos Sin Fronteras (MSF) en la ciudad de Ivano-Frankivsk, al este de Ucrania. Este argentino llegó al país la primera semana de marzo, a los pocos días de que comenzó la invasión rusa. Desde entonces ha procurado la salud mental, el aprovisionamiento de medicamentos y elementos de primera necesidad y la atención médica de la población civil ucraniana. Desde un búnker, habló con EL TIEMPO sobre su experiencia.

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¿Hay otras misiones de MSF en Ucrania?

En este momento hay otros grupos en Kiev y en las zonas donde el conflicto está bastante más activo. Hay lugares, especialmente del este, donde no está permitido ingresar por seguridad, como en Mariúpol.

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¿Qué ha sido lo más complejo de la misión?

El principal desafío para nuestro grupo ha sido organizar la cadena de distribución para hacer llegar los elementos necesarios a la zona donde más se necesita, eso ha requerido una gran red de logística.

¿Cuál es su radiografía de lo que pasa?

Muchas personas de las que se han desplazado tienen familiares en otros países, pero también muchas, que no tienen familiares, se han quedado acá. Esas son las más vulnerables.

Hay dos grandes sectores de la población: uno donde está el conflicto activo; ahí es muy difícil continuar con la vida normal, sobre todo porque esas personas están viviendo el día a día sin muchos elementos, sin agua, sin la cantidad adecuada de comida, con suministros públicos inestables. Y el otro, donde la población de las ciudades no está afectada directamente por el conflicto e intenta seguir con su rutina diaria, trabajando y haciendo sus actividades.

¿Hay un flujo constante de desplazados?

Muchas personas de las que se han desplazado tienen familiares en otros países, pero también muchas, que no tienen familiares, se han quedado acá. Esas son las más vulnerables. Entre quienes se desplazan, la mayoría son mujeres, personas de la tercera edad y niños. Esa es la población a la que más atendemos.

¿Ha presenciado ataques contra civiles?

No, pero sí he documentado ataques a las instituciones de salud. Se han reportado más de 30 ataques a hospitales. Aquí suenan alarmas muchas veces al día, y cuando eso pasa la gente debe ir a algún búnker o refugio, que siempre son las bases de los edificios o algún subterráneo, para ponerse a salvo en caso de un bombardeo. Algo que ha sido muy llamativo para mí es la calma de estas personas, eso es algo muy positivo. Uno no deja de pensar cómo sería en otra sociedad quizás no tan preparada, sería otro escenario, la gente corriendo por todos lados.

¿Qué padecimientos son los que más atiende?

Hay dos grandes grupos de padecimientos. Las lesiones físicas debido al conflicto armado que se tratan en el hospital, y el otro tiene que ver con aquellos que se desplazan y sufren situaciones traumáticas u otras enfermedades crónicas como diabetes e hipertensión, y pierden sus tratamientos.

¿Cómo es un día normal suyo en Ucrania?

Cuesta pensar en un día normal, porque todos los días son diferentes. Depende de si hay alarma o no. Si hay peligro, el día empieza metiéndonos en un búnker con lo que tenemos puesto y algo de comida para estar ahí durante unas horas. Una de las cosas que se aprenden en terreno es intentar regular la energía, descansar cuando se pueda, porque nunca se sabe cuánto se estará despierto.

¿Qué mensaje le daría al mundo?

En principio, que la salud y el acceso a esta no debería ser un lujo, es un derecho que deberían tener todas las personas. Nadie merece ser afectado por diferencias de ideología política o por conflictos de intereses. Los inocentes no tienen por qué ser víctimas de la guerra (…). Además, creo que es importante recordar que si bien mediáticamente este conflicto tiene una gran visibilidad, hay muchísimos otros conflictos que también se están dando en este momento, como en Mali y Sudán del Sur.

CLARA INÉS GONZÁLEZ
Escuela de Periodismo de EL TIEMPO
Redacción Internacional



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