¿Cuánto vale un Estado? / Opinión Lyerg Sisany Bautista – Gobierno – Política



El principio de autodeterminación de los pueblos bajo ningún concepto debe estar por encima de los Derechos Humanos, ni de la esencia misma del concepto de Estado.

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Partiendo de la definición básica de Estado como territorio, población y soberanía, siendo esta última la expresión del poder en sí mismo y cuyo depositario originario ha variado en la historia hasta llegar al concepto de Estado Nación, es decir, hasta el establecimiento de la noción de Gobierno (y formas de gobierno), mediante la aparición de instituciones o aparato burocrático; para ejercer la autoridad en nombre del titular de la soberanía sobre una nación en un territorio definido.

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Tenemos entonces, que un Estado para ser tal requiere de autonomía política, administrativa y financiera. Pareciera un axioma, pero no lo es, la experiencia del siglo XXI apunta a una suerte de retorno al esquema de conquista por la vía de la fuerza, en detrimento de la institucionalidad y los Estados y no necesariamente a la conquista convencional, sino a la conquista por el dinero y otros elementos, por parte de actores no estatales (ANE) pero sobre todo por parte de actores estatales (AE), que muchas veces bajo la apariencia de convenios persiguen algo más que la retroalimentación cultural, comercial o política en el marco de las relaciones internacionales; persiguen la anulación del Estado, al arrebatarlo de su esencia misma, su identidad y por tanto de todas sus formas de autonomía.

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Cabe destacar que el debate preliminar del empleo de fórmulas de izquierda o derecha para llegar al poder, no implica necesariamente el mismo resultado en cada país. Es por ello que el análisis de sultanismos o de totalitarismos hegemónicos en el diagnóstico de algunos casos, parece subestimar la anulación del Estado (que es distinto a la eliminación del Estado), es decir, al surgimiento del neo-colonialismo para algunos y del corporativismo de la economía del delito para otros, en otras palabras, la anulación o no de los Estados, se ve condicionada por los gobiernos que tienden a perpetuarse en el poder y que favorecen la permeabilidad de formatos de corrupción irracional, con pan para hoy y hambre para mañana.

Por ello estimado lector, nunca olvide que un gobierno está para llevar la administración temporal del poder, que indistintamente del balance al final de su gestión, lo más sagrado que deben proteger es su sistema axiológico y su identidad como Nación.

Permitir la invasión silente a sus instituciones, dependerá de que tan preparados están sus funcionarios para ceder espacios, bien sea por la “normalización” de la corrupción que arrebata la autonomía a los órganos del Estado, o literalmente por el desplazamiento de sus autoridades por agentes de desestabilización.

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Un hecho a considerar del neo-dominio sobre la soberanía de los Estados, es el clásico esquema de endeudamientos, donde la gestión de un gobierno autoriza y costea convenios de distinta naturaleza que podrían conllevar a una invasión silente de los poderes públicos y comprometiendo contractual y políticamente a las gestiones subsiguientes, forzando la continuidad de un mismo grupo en el poder.

Otra forma es endeudar mediante la construcción de “megaproyectos” en nombre de una relación comercial, sin que con ello se sugiera la negación a la ampliación de mercados, pero sí, corresponde a cada parlamento discriminar con cautela el alcance de las inversiones y su repercusión a futuro sobre la independencia de cada país y ¿quién escoge a los parlamentarios?

Con respecto al caso Colombia, no tengan miedo, el entendimiento será clave y la reunión Uribe-Petro así parece indicarlo. 

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Así, por ejemplo, los 4.000 millones de dólares de inversión China en Latinoamérica a principios del siglo XXI, hoy superan por mucho los 400.000 millones, sin incluir la inversión en la construcción de un canal paralelo al de panamá, cuyo propósito de extensión de ultramar de la “ruta de la seda” -ciertamente válido- se proyecta a expensas del sistema de libertades como se conoce hasta la actualidad.

Por otra parte el debate de fondo autocracias versus democracias, pareciera quedar en segundo plano ante el reacomodo del poder mundial que se viene gestando por décadas; dejando en primer plano no solo el choque de civilizaciones que advertía Samuel Huntington, con signos como la propagación del conflicto de las religiones Abrahámicas fuera de los límites del Oriente próximo, sino además un nuevo formato de expansionismo, a saber, el de diluir gradualmente identidades nacionales cuyas historias (generalmente republicanas) se encuentran aún en una suerte de morfogénesis.

La sugerencia es que no se dejen comprar la conciencia, indistintamente de la corriente político ideológica que tenga cada ciudadano, que actúen por convicción (…)

Con respecto al caso Colombia, no tengan miedo, el entendimiento será clave y la reunión Uribe-Petro así parece indicarlo. Su Índice de Desarrollo Humano es de los más estables de la región y en ascenso durante los últimos 20 años. La sugerencia es que no se dejen comprar la conciencia, indistintamente de la corriente político ideológica que tenga cada ciudadano, que actúen por convicción, no por venganza, por nacionalismo, no por la estatización de su economía, por distribución de oportunidades, no por la distribución de expropiaciones, que actúen motivados por la reducción de la brecha de pobreza, no por una sustitución de élites que surgen en nombre de esa bandera.

En conclusión, de las muchas recomendaciones destaca el llamado a que actúen por la defensa de su soberanía no por subordinación a lineamientos extranjeros, a que velen por la defensa de su constitución, pues si bien puede ser modificada vía reforma o enmiendas, tengan cuidado con desviación o abusos de poder en actos administrativos que deberán ser controlados vía judicial.

Y lo más importante procuren la integración de la nación, no la división, después de todo, la educación es de familia y la formación de la escuela; el amor al prójimo se pone a prueba en la adversidad y la Fe en la tempestad.

Transiten su propia experiencia sin olvidar nunca que un Estado si tiene un precio que no se puede tasar, el de la libertad, lo que costó y con ella un bien invaluable, su autonomía.

Dios bendiga a Colombia.

LYERG SISANY BAUTISTA
Politóloga – UCV/ Lyergbautista@gmail.com



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